domingo, 29 de septiembre de 2013

Los Antípodas de la Mente: El Nuevo Mundo de la Percepción y la Consciencia


Encontré a la región de antípodas que tanto clamaba Huxley  por encontrar en Cielo e Infierno, pero no es ningún otro mundo inesperado. Es un pasado... son las cosas que no pudimos comprender a consciencia y que nuestra mente pudo captar... es aquello que pudimos percibir pero cuyas sensaciones jamás lograron impactar en nuestra consciencia y de lo que jamás pudimos hacernos responsables por estar demasiado alejado de lo que podíamos entender. 


Y es que he comprendido que no está caracterizada por un '¿qué?' sino por un '¿dónde?'. No caracterizados por un '¿qué soy?' sino un '¿dónde soy?' tanto simbólico como sensitivo. Y sensitivo es clave para comprender el simbólico, pues aunque se piense que los conceptos construidos provienen de un contexto social, en realidad hay una mezcla de las sensaciones percibidas por nuestros procesos biológicos y nuestro cuerpo.



Sonidos que oímos cuando somos no natos, estruendos que suceden durante nuestros primeros días bajo la luz del día, la mentira que apareció en el rostro de nuestra pareja y que no advertimos, el dolor terrible que le originamos a una persona y que no distinguimos... todo eso queda en la región de los antípodas de la mente. La pregunta es ¿cómo llegar hasta aquella región sin perderse en el intento?



Dice William Blake en El matrimonio del cielo y el infierno



Ante todo, la noción de que el hombre (sic) tiene un cuerpo distinto de su alma, será abolida; esto lo haré imprimiendo según el método infernal de corrosivos que en el infierno son saludables y medicinales, haciendo desaparecer las superficies aparentes y descubriendo el infinito que tenían oculto. 


Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se mostraría al hombre (sic) tal cual es: infinito. Pero el hombre (sic) se ha recluido para mirarlo todo desde su caverna. 



¿Qué sucedería si se tuviera una percepción de puertas que han desaparecido, y que es sólo la consciencia lo que nos hace creer que no podemos percibirlo todo? Y tal cuestión se refiere a que pensamos que aquello que no advertimos ni comprendemos en su totalidad está fuera de nuestra capacidad de percibir, sin embargo no es que no exista en nuestra mente sino que ha quedado en el olvido. Nuestra mente sabe absolutamente todo de nosotros y trabaja conforme a lo que conoce. Todos nuestros miedos, vergüenzas, alegrías y felicidades son sabidos por ella, pero no todas esas cosas son sabidas por nuestra consciencia. 



La mente no olvida, nuestra consciencia sí, y se ha tratado de explicar la dinámica de la mente a partir de consciencia, preconciencia e inconsciencia; mediante áreas específicas de actividad cerebral que funcionan con bioelectricidad; se ha creído que es una dualidad simple de cuerpo y alma, en la que ésta última puede tener contacto con realidades alternas e incluso divinas; no obstante, ¿dónde realmente está el planteamiento concreto sobre algo que las personas suponen como algo abstracto?



Las memorias no son más que percepciones que han llegado a nuestro cerebro, las hay sensitivas o intelectivas, no es posible otra categoría, ya que sólo somos capaces de sentir y pensar. El gran problema yace en que la mayoría de nuestras memorias intelectivas quedan en el olvido. La mayoría de las personas tenemos preferencias por ciertas cosas, y por otras repulsión. De algunas tenemos consciencia de su origen, mientras que de otras simplemente asumimos que es porque somos así.



Y es una labor titánica, poder aventurarse a intentar encontrar el origen de todos nuestros gustos puede convertirse para muchos en un infierno, mientras para otros puede transformarse en un paraíso. A diferencia de Huxley, yo no pensé en poder hallar a mis antípodas a partir de luces brillantes, el uso de mescalina o largos periodos de flagelación o ayuno. Me dediqué a tratar de dominar mis sueños y volverlos parte de mi consciencia. 

Meditando por veinte minutos antes de irme a dormir, relajé mi cuerpo y procuré enfocar mi mente y determinarme a tener el absoluto control de mis sueños. Había escuchado muchas conjeturas al respecto de que a veces se puede crear una situación a voluntad en los sueños, lo creía posible... tal vez demasiado fácil, no obstante la realidad habría de demostrarme que no es tan sencillo como parece.

En Símbolos de Transformación, Jung dice:

Las fantasías conscientes nos revelan, mediante la utilización de materiales míticos, ciertas tendencias de la propia personalidad todavía no reconocidas o que dejaron de serlo [...]una tendencia que se rehúsa reconocer y que se trata como si no existiera, difícilmente involucrará algo que convenza a nuestro carácter consciente. De ahí que por lo común se trate de tendencias consideradas inmortales e imposibles, y frente a cuya entrada en la inconsciencia se opone a la más enérgica resistencia.


Pero cuando la consciencia logra atravesar las barreras de lo inconsciente, la paradoja que sostiene a la mente humana en toda su complejidad se desmorona y la mente tal cual es concebida deja de existir, de manera que se fusionan el Id, el Súperego y el Ego.  Los impulsos que sostienen aquella parte incontrolable de la mente humana, el id, quedan totalmente expuestos ante la mirada del ego. Este tipo de derrumbamiento de las partes de la personalidad sólo puede realizarse dentro de los sueños, tomando consciencia dentro de la consciencia de lo que no es y descubriendo las inconsistencias de la irrealidad, o bien de lo imaginario que proviene del inconsciente y que puja por emerger hacia la consciencia sin salir de su zona.  

La gente suele ser incapaz de controlar sus acciones mientras se encuentra dentro de un sueño y no nota durante su transcurso los saltos que ocurren a través de la historia de la irrealidad a través de la cual fluye, pues de un modo la memoria sólo trabaja con el inconsciente en ayuda del ego. Esto es que aquello que de acuerdo con las ambiciones del ego que se han mantenido dentro de una supresión el sueño se manifiesta para mostrar los temores y los deseos presentes que se evaden en la realidad mediante la interacción con el ambiente. Sin embargo, al tomar consciencia de que lo que se está viviendo no es y que por tanto no puede ser verdad el inconsciente se obstruye y no puede guiar al ego a través del camino que se supone debería ver. Lo inconsciente ve fragmentadas sus barreras y queda a merced del Ego consciente. Quien sueña es capaz de encontrar los problemas que conscientemente busca evitar para no entrar en conflicto de existencia y esencia. La mayoría de la gente no nota que dentro del sueño los colores no existen; no puede verlos pero cree que los percibe. Todo es inferido en la parte consciente por obra de la memoria. Sin embargo, una vez que el soñador se hace consciente de lo que verdaderamente ocurre y que en realidad sólo duerme plácidamente en su cama mientras su mente está activa, el ambiente cambia de parecer estar siendo filmado con un filtro a recuperar un poco del color real de las cosas. El mismo Huxley hace mención de las investigaciones de psicólogos, psiquiatras y otros estudiosos de la mente, que han encontrado que no tiene nada de extraordinario que en los sueños no existan los colores, y que sólo haya escala de grises o quizá algún matiz relativamente discernible, mas durante mis constantes intentos por dominar mi inconsciencia, me encontré con una realidad (o quizá irrealidad) muy diferente y fascinante.

Algunas personas pueden distinguir colores en los momentos en que interactúan con los personajes ficticios, pero no notan que después todo vuelve a quedar en un color azulado o grisáceo. Es como cerrar los ojos e imaginar un cubo verde. ¿Realmente se ve imaginariamente al cubo verde, o se cree que se lo percibe verde? Si alguien lo intenta, comenzará a dudar del color del cubo que se ha imagina, pero por más verde que quiera pintarlo, el cubo seguirá gris o azul. Una vez que se toma consciencia de la irrealidad del entorno, el soñador podrá ver que su vista periférica es recuperada. En verdad, la visión periférica no existe mientras se sueña. No sé por qué, pero se recupera al estar consciente de que se está en un sueño. Si se ha estereotipado a alguien en lo imaginario es posible buscarlo en sueños y forzar la interacción con el personaje ficticio.Todos los temores y deseos toman forma. El realizar un análisis dentro de este entorno irreal es útil para saber qué es lo que uno verdaderamente percibe de los otros, qué consecuencias de sus actos verdaderamente le preocupan y qué es lo que verdaderamente siente hacia el resto del mundo, con lo cual obtendrá un concepto más sólido de quién es para sí mismo y cómo puede ser con los demás. 

El peligro consta en que si se hace demasiado, es posible confundir lo real con lo irreal. Para evitarlo se debe de desarrollar un poder de imaginación muy poderoso siendo capaz de crear algo difícil de encontrar dentro del sueño. La gente cree que crear imaginaciones en sueños es fácil pero si lo intentan verán que realmente no lo es y si no tienen la suficiente mesura y concentración podrían enloquecer al no saber diferenciar entre un terreno y una nube, entre un sueño y una realidad.

Penetrar conscientemente en la inconsciencia suele trastornar la vida de la gente, y es posible que sea un origen (¿o quizá el?) de la locura producto de una patología por un acomodo incorrecto de la experiencia, que sería en palabras más simples: estar impedido para discernir entre lo real de lo imaginario debido a que se han equivocado los significados de nuestras experiencias. Por así decirlo, nuestra consciencia estropeó la realidad que percibimos y la deformó según las ideas que permanecen en ella.

Es por eso que a diferencia de Freud, yo puedo pensar en la idea de una parte subconsciente de la mente, pues dicha subconsciencia se encarga de sugestionar a nuestra consciencia para que adopte significados que se alejan de la realidad. Brainerd y Reyna trabajaron un libro muy interesante intitulado La Ciencia de las Memorias Falsas. En él aparecían ciertos casos sobre los efectos de la sugestión o  la autosugestión en el acomodo (o imaginación) de las experiencias. Y con esto es posible ver una verdadera alteración en la percepción de las personas, sea porque otras personas los forzaron a acomodar mal los significados de las experiencias, o porque los convencieron de que vivieron experiencias que jamás sucedieron, o porque su subconsciencia se encargó de hacer tal deformación mental.

Transitar con una consciencia impresionable a través de la Tierra de los antípodas de la mente puede llevar inevitablemente a un deterioro mental. Y es vital reconocer a la subconsciencia como un área de la mente que se encarga de trastocar la consciencia... de deformar nuestras ideas y pensamientos sobre el mundo que nos rodea. Tal deformación no sucede de modo inconsciente, ni de forma para nosotros desconocida. Sabemos que lo hacemos, la diferencia en muchos de los casos es que los significados que alteramos afectan nuestro comportamiento en modos socialmente inaceptables, como los trastornos alimenticios.

En la subconsciencia está la explicación de por qué evitamos la vergüenza y la humillación pública. Podemos explicarla, mientras que en la inconsciencia está el por qué podemos explicarla. Un ejemplo: Una mujer tira un poco de soda en su pantalón, en la parte de la entrepierna. Ella trata de cubrir la mancha para evitar que los demás piensen que se orinó, pues no quiere que se burlen de ella. La mancha en la entrepierna es un problema, y cae en la consciencia; que quiera cubrirla para evitar que los demás piensen mal es en la subconsciencia, al igual que el que quiera evitar que se burlen de ella. Incluso ella es consciente de que las burlas podrían marginarla y afectar su situación frente a sus congéneres. Lo que cae en la inconsciencia es el grado de aversión que siente por quedar en tal situación de vulnerabilidad social.

Y el que hable de inconsciente, subconsciente, preconsciente y consciente, responde al nivel de facilidad de respuesta que podemos encontrar en nuestros propios conflictos. Si se explica inmediatamente es consciente; si requiero de un segundo pensamiento para explicarlo, es subconsciente; si requiero de un poco de tiempo, sin pensarlo, para explicarlo, es preconsciente; si no puedo explicarlo, es inconsciente. La consciencia responde a la percepción reconocida, la subconsciencia a la percepción alterada, el preconsciente al olvido ligero, y la inconsciencia al olvido denso. Por tales razones y por la dinámica mental que es propia del ser humano, la inconsciencia extiende mucha de su extensión, si es que puede llamársele así, sobre la actividad de la subconsciencia y la consciencia.

Visitando la Tierra de los antípodas de la mente es posible mirar a dónde pertenece qué cosa, pues se muestran todos sus habitantes ante nuestros ojos de un modo que simbólicamente podemos comprender sin muchas dificultades, y que el simple hecho de estar allí cambia nuestras perspectivas del mundo real que nos rodea, aunque de momento nos encontremos en un entorno que podríamos llamar irreal, a pesar de que nuestro mundo sea más falso cuando creemos que lo percibimos tal cual es.

Sin lugar a dudas, es una tierra que vale la pena visitar.

Percepción y Sensación; Pensamiento y Sentimiento.

Como puede verse en Las perturbaciones de la percepción de Henri Hécaen, la percepción es que nuestro cuerpo esté en contacto con un estímulo, que llegue a nuestro cerebro, mientras que la sensación es un valor adjudicado al estímulo percibido. Un ejemplo: Percibo la luz y me causa una sensación de dolor ocular. En tal sentido, el dolor es una sensación más que una percepción. Otro ejemplo: Percibo que mi pierna tiene los huesos astillados y se me encajan en el músculo lo que me genera una sensación de dolor. 


De misma forma, en el pensamiento, que es el acto de pensar y no una idea, se pueden tener percepciones y sensaciones. Ejemplo: Pienso que los animales antropomorfizados en la película 'La Isla del Dr. Moreau' son aberraciones de la naturaleza, y esto me causa una sensación de asco. En este ejemplo la relación entre lo percibido sensitivamente y lo percibido intelectivamente pueden confundirse. La línea no está claramente definida. Pero si yo expresara: Pienso que la libertad es lo más precioso que puede tener una persona y tal pensamiento me da un sentimiento de alegría, entonces tendría una idea más clara de que el pensamiento es el equivalente mental los cinco sentidos del cuerpo. En el ejemplo de la película, una percepción visual pasa brevemente por el pensamiento y tiene una consecuencia sensitiva, mientras que en el de la libertad, todo es meramente una idea pensada que produce un sentimiento.



Gran diferencia es que el pensamiento percibe no sólo de lo sensitivo sino también del resultado de otros pensamientos que son las ideas. El sentimiento es el equivalente mental de la sensación corporal. De ahí que se llame sensacionalismo a todo aquello que se basa en imágenes que impactan al individuo. Los periódicos sensacionalistas sirven como ejemplo para dar claridad al funcionamiento de la percepción. Una crónica sobre un asesinato puede ser sólo de palabras, sin embargo provoca en el lector la visualización de imágenes mentales que lo harán tener una sensación de estarlas percibiendo, pero no lo hacen. Y de tal forma se invocan imágenes que son el resultado de percepciones previas las cuales producen no un pensamiento sino una idea, que entonces produce un sentimiento de aversión y una sensación de náusea. 



Un pensamiento es el resultado de una secuencia lógica de contraste mental. Sólo puede ser pensamiento en cuanto ha surgido del proceso de pensar. La idea es el resultado de una secuencia mental que puede ser lógica o no, pero no tiene un proceso detrás que la fundamente. Por ejemplo, Max Weber puede haber tenido un pensamiento sobre la importancia de la verstehen, sin importar cuál haya sido, quien asuma éste como un conocimiento que debe apropiarse no puede decir que tiene un tipo de pensamiento weberiano sino que ahora tiene ideas weberianas. Para volverlo más simple: la reflexión es pensamiento, mientras que la memorización por repetición es idea.




domingo, 22 de septiembre de 2013

"La cura de la esquizofrenia" / 'Las Sombras de Gilighan Lloyd' - Sebastián Deráin

No tenía dieciocho años por dos meses cuando me dio esquizofrenia. Se me desarrolló un comportamiento extravagante como resultado de alucinaciones sobre mis errores del pasado. El pasado no me dejaba ser. Traté de averiguar cuál era exactamente mi trastorno, pero nada coincidía. En general la esquizofrenia tiene la siguiente sintomatología: 

a) Eco, robo, inserción del pensamiento o difusión del mismo.

b) Ideas delirantes de ser controlado, de influencia o de pasividad, claramente referidas al cuerpo, a los movimientos de los miembros o a pensamientos o acciones o sensaciones concretos y percepción delirante.
c) Voces alucinatorias que comentan la propia actividad, que discuten entre ellas sobre el enfermo u otros tipos de voces alucinatorias que proceden de otra parte del cuerpo.
d) Ideas delirantes persistentes de otro tipo que no son adecuadas a la cultura del individuo o que son completamente imposibles, tales como las de identidad religiosa o política, capacidad y poderes sobrehumanos (por ejemplo, de ser capaz de controlar el clima, de estar en comunicación con seres de otros mundos).
e) Alucinaciones persistentes de cualquier modalidad, cuando se acompañan de ideas delirantes no estructuradas y fugaces sin contenido afectivo claro, o ideas sobrevaloradas persistentes, o cuando se presentan a diario durante semanas, meses o permanentemente.
f) Interpolaciones o bloqueos en el curso del pensamiento, que dan lugar aun lenguaje divagatorio, disgregado, incoherente o lleno de neologismos.
g) Manifestaciones catatónicas, tales como excitación, posturas características o flexibilidad cérea, negativismo, mutismo, estupor.
h) Síntomas "negativos" tales como apatía marcada, empobrecimiento del lenguaje, bloqueo o incongruencia de la respuesta emocional (estas últimas habitualmente conducen a retraimiento social y disminución de la competencia social). Debe quedar claro que estos síntomas no se deban a depresión o a medicación neuroléptica.
i) Un cambio consistente y significativo de la cualidad general de algunos aspectos de la conducta personal, que se manifiestan como pérdida de interés, falta objetivos, ociosidad, estar absorto y aislamiento social. [1]

Lo que yo tenía era un pensamiento disperso con respecto de la realidad y completamente retraído en mí. Yo creía ser capaz de poder escuchar los pensamientos de los demás. La vida diaria era tan rutinaria que en muchas ocasiones atinaba a lo que pasaba por la mente de los demás. Había excesivas coincidencias, y al mismo tiempo demasiadas discrepancias como para ser ignoradas. Era como en aquel libro escrito por Guillermo Martínez, La muerte lenta de Luciana B., cuando Kloster habla sobre las ''seguidillas'':

¿Qué era exactamente lo que había dicho Kloster? Que pensara en monedas lanzadas al aire. Que una racha de tres caras o tres cecas en diez lanzamientos no era nada extraño, sino lo más probable. Que el azar también tenía sus inclinaciones. Encontré en mi bolsillo una moneda plateada de veinticinco centavos. Busqué mi lapicera y desplegué una servilleta sobre la mesa. Lancé la moneda al aire diez veces seguidas y anoté la primera serie de caras y cecas con guiones y cruces. Lancé otras diez veces la moneda y escribí debajo una segunda sucesión. Seguí lanzando la moneda, con un movimiento cada vez más diestro del pulgar y anoté todavía algunas series más en la misma servilleta, una debajo de la otra, hasta que el mozo me trajo el café con el tostado. Mientras comía revisé las sucesiones, que perforaban la servilleta como un código extraño. Lo que me había dicho Kloster era cierto, asombrosamente cierto: casi en cada renglón había rachas de tres o más caras o cruces. Desplegué otra servilleta sobre la mesa y como si me hubiera acometido un impulso irrefrenable lancé la moneda con el propósito ahora de llegar a cien veces y apreté los signos de manera que la sucesión entera quedara escrita en ese recuadro de papel.[2]

Tal obsesión por las seguidillas de las caras o cruces resulta de la explicación del asesino Kloster al narrador de la historia sobre cómo puede ser posible que una persona pase por muchas desgracias seguidas, y así distraer la atención de su culpabilidad en las muertes de los familiares de Luciana. El punto que me interesa resaltar es el de la duda sobre lo que es posible  y lo que no. Y aunque es cierto que en la vida las cosas no pueden ser reducidas sólo a dos categorías, cuando yo escuchaba aquellas voces que sonaban dentro de mi cabeza, yo sólo tenía dos posibilidades: que coincidiera lo que creía escuchar o que no. 

Los pensamientos que creía escuchar tenían relación primeramente con lo que veía en el momento, por lo que al existir una seguidilla prolongada de coincidencias me pareció bastante factible que pudiera hacerlo. Creí que tal vez tuviera un gene que había permanecido inactivo en mi genealogía y ahora se había activado para hacerme capaz de ver y escuchar más allá de lo evidente. Pero conforme mi situación se fue agravando las cosas dejaron de ser tan simples. Ahora las cosas se complicaban, pues ya tales voces no partían del inmediato pues ahora escuchaba pensamientos sobre mí a partir de situaciones que se supondría que pasarían a futuro. 

La dualidad comenzó a romperse. Ahora las seguidillas eran de no coincidencias. Si lo que escuchaba ya no coincidía con la realidad, entonces la única respuesta a la pregunta '¿qué pasa conmigo?' era la locura. Ya no había dudas. Entonces era posible que estuviera en un proceso de deterioro mental que irremediablemente terminaría con mi muerte. Entonces comencé a leer sobre trastornos mentales, resultando la esquizofrenia la más probable situación para mí.

Huxley escribió en Las Puertas de la percepción:

El esquizofrénico es un alma no solamente no regenerada, sino además desesperadamente enferma. Su enfermedad consiste en su incapacidad para escapar de la realidad interior y exterior y refugiarse -como hace habitualmente la persona sana- en el universo de fabricación casera del sentido común, en el mundo estrictamente humano de las nociones útiles, los símbolos compartidos y las convenciones socialmente aceptables. El esquizofrénico es como un hombre que está permanente bajo la influencia de la mescalina y que, por tanto, no puede rechazar la experiencia de una realidad con la que no puede convivir porque no es lo bastante santo, que no puede explicar porque se trata del más innegable y porfiado de los hechos primarios y que, al no permitirle nunca mirar al mundo con ojos meramente humanos, le asusta hasta el punto de hacerle interpretar su inflexible esquivez, su abrasadora intensidad de significado, como manifestaciones de malevolencia humana o hasta cósmica, de malevolencia que reclama las más desesperadas reacciones, desde la violencia asesina, o suicidio sicológico, en el otro.[3]

Y si bien todo esto era real, ¿qué clase de vida me esperaba? Si en todo momento escuchaba las voces que ''suponían que yo suponía'', ya no tendría libertad de acción, pues estaría condenado a perder mi espontaneidad. Ya no habría modo de reaccionar naturalmente ante las cosas. Si eran buenas para mí, perdería toda intención de hacer notar que me sentía confiado ante las circunstancias porque entonces se complicarían. Si eran malas para mí, trataría de reaccionar de modo que pareciera que nada me afectaba, aparentando ser impasible ante las desgracias. Un ser imperturbable. Pero todo ello estaba lejano de la realidad. Era un hecho que yo estaba totalmente a la merced de las voces en mi cabeza. Estaba encadenado a desobedecer lo que fuera que dijeran, perdiendo toda racionalidad y sentido de orientación en un mundo que lucía cada minuto más lúgubre y perturbador.

Traté de continuar leyendo sobre la locura, particularmente sobre la esquizofrénica, no obstante, nada parecía poder ayudarme. Todo eran panoramas desoladores que afirmaban que la cura era imposible y que todo estaba perdido. Tal era el horizonte y en mi creciente desesperación todo me parecía imposible de superar. Las llamadas convenciones sociales parecían ser algo completamente difícil de entender, algo que jamás había tenido y que casi imposiblemente podría aprender. ¿Qué me esperaba? ¿Qué sería de mí? Ya no había escapatoria de la tenebrosa insania.

Por esos tiempos comencé a encontrar mensajes por aquí y por allá que implicaban un hecho abominable: el suicidio. Las voces querían que me suicidara. Y las voces eran las de aquellos que creía mis amigos. Eso los creía, pero no lo eran... ¿o lo serían?. Si estaba cuerdo y tenía la capacidad de escuchar los pensamientos, entonces no lo eran, y debería alejarme de ellos. Yo se los había confesado. Creía que podía hacerlo. No me evadían ni tocaban el tema, pero me trataban como si quisieran comprobarlo. Las seguidillas habían hecho su trabajo en la destrucción del mundo que tanto amaba antes de mi enfermedad. Por otra parte, si estaba loco... ¿qué clase de amigos no buscarían ayudarme? No lo eran, simplemente, fuera cual fuera el horizonte debía asumir que no tenía amigos.

Hasta aquel punto, los únicos que no me habían tratado como un espanto indeseable eran los libros. Ya estaban escritos por gente o muerta o muy vieja. ¿Qué mierda importaba ya si estaba loco o no? La única constante de mi vida sería escuchar dichas voces, y tenía dos opciones: vivir con ellas o morir por ellas. Vivir me había dado enormes alegrías, y estaba seguro de que podría darme otras diferentes y probablemente más grandiosas. Ahora estaba seguro de algo: no quería morir, y menos siendo yo mi propio asesino. 

Me aislé de todo cuanto pude. Nadie podía ser digno de confianza, y a pesar de que sabía que ése era uno de los signos de esquizofrenia, lo ignoré. Renne Descartes había escrito en El Discurso del Método:

Pero como hombre que tiene que andar solo y en la oscuridad, resolví ir tan despacio y emplear tanta circunspección en todo, que, a trueque de adelantar poco, me guardaría al menos muy bien de tropezar y caer. E incluso no quise empezar a deshacerme por completo de ninguna de las opiniones que pudieron antaño deslizarse en mi creencia, sin haber sido introducidas por la razón, hasta después de pasar buen tiempo dedicado al proyecto de la obra que iba a emprender, buscando el verdadero método para llegar al conocimiento de las cosas de que mi espíritu fuera capaz.[4]

En el mismo texto, el francés había encontrado una forma que ahora me parecía oro puro para poder superar la adversidad: sólo confiar en la evidencia; analizar antes de juzgar; empezar desde lo simple hasta lo complejo; y hacer recuentos generales y particulares para asegurarme de no pasar nada por alto. Con tales parámetros, lograría encontrar un sentido para mi vida. Ya no escucharía a las voces. Llanamente las ignoraría mientras sólo confiaba en las evidencias.

Y así me dispuse a desconfiar de las palabras de la gente y sólo a confiar en los hechos. Esto me dio una mayor certeza, y logré encontrar una luz para mi mundo de penumbras. Ya no tendría porque pensar en encontrar la sinceridad en la mirada de la gente, ahora la encontraría en sus acciones. Lo que fuera que hicieren, sin importar las justificaciones que le dieran a sus actos, yo sólo confiaría en las consecuencias, tal como el mundo me había juzgado a mí con anterioridad. Puede ser que suene tremendamente radical, mas esto me sirvió asombrosamente para alcanzar la serenidad. 

A propósito sobre no hundirse en la locura como si ésta fuese arena movediza, Huxley, en la obra que ya he mencionado, hace otra referencia a la tranquilidad:

Ése era el problema: permanecer sereno. No dejarse perturbar por el recuerdo de los pecados cometidos, por el placer imaginado, por el amargo dejo de antiguos errores y humillaciones, por todos los miedos, odios y ansias que ordinariamente eclipsan la luz. [5]

¿Por qué creer que debía padecer? Preocuparme por lo que otros pensaran de mí no hacía ningún beneficio. Sólo importaba lo que hicieran conmigo y en mi presencia. Y comencé a recordar mis tiempos con Danna. Sin duda ella disfrutaba de mi compañía, pero nunca me lo había dicho, y yo trataba de cuidar tanto el que no se alejara de mí, que no mostraba seguridad alguna, y los escasos momentos de valentía que emergían esporádicamente siempre tenían que estar acompañados de insinuaciones sexuales o comentarios explícitos. En realidad a nadie le importa lo que pensamos sino lo que hacemos. ¿Quién da una mierda por nuestros pensamientos? Nadie. Incluso la palabrería barata e insulsa importa  más para los demás porque sale al exterior y se exhibe como la mejor ramera de un burdel. Y empleo una ramera para hacer una comparación porque esas pobres mujeres siempre son explotadas por un proxeneta. Muchas personas son los chulos de las pobres palabras, que prostituídas sin miramientos son usadas una y otra vez con fines de convencimiento de las mentes más ingenuas que vaginas igualmente fáciles de convencer han parido en este mundo frío, estéril y sangriento con hambre de oportunismo.

Yo mismo había prostituído a las palabras para convencer a Luna de que las cosas no eran culpa mía, que era una víctima. Siempre utilizando el discurso de que la culpa de mis cambios de humor era aquella denuncia falsa que había hecho para que me arrestaran. Siempre funcionó de excusa. Eso y que le dijera que yo la amaba como se puede amar a la vida misma, como se ama a pesar del dolor, y con una pasión cercana a la muerte más tortuosa. La quería tanto como un bebé quiere a su madre la primera vez que la ve. La amaba tanto como una mujer que supera el cáncer ama su vida con una nueva esperanza de renovación en su corazón. Y la adoraba tanto como se adora el triunfo de la justicia sobre los criminales. Y así se lo decía. Ella lo creía. Sin embargo, por más que mis palabras fueran congruentes con mis sentimientos, éstos no lo eran con mis acciones, y eso poco a poco desgastó a Luna, al punto que duramente comprendió que sólo podría seguir conmigo si se olvidaba de ser feliz.

Tras tal reflexión supe que sólo encontrando congruencia entre mis sentimientos, acciones y mis palabras, por supuesto entendiendo que las palabras aunque provienen de la acción del habla no son ni pensamientos ni acciones sino ideas que se expresan, tal vez con un fin o sin uno. Pero yo entiendo a las acciones como hechos que demuestran un verdadero vínculo con el mundo. Según yo, un discurso no puede ser acción sino hasta que promueve una acción que produce algo nuevo en el mundo... que cambia algo. Un discurso que busca mantener un status quo no es una acción, aunque algunos digan que es un acto de 'reproducción'. Yo lo veo sólo como una idea que flota para impedir otras acciones. Que se infiltra en las mentes de otros sólo para impedir el cambio. 

Y ahora que veía que las voces en mi cabeza no eran congruentes con las acciones de los demás ni con sus sentimientos, me cuestionaba qué tanto mis sentimientos, acciones, y palabras lo eran. Comencé a actuar en función de mis sentimientos y palabras. Si le decía a alguien que no estaba de acuerdo con algo, lo demostraba con mis acciones porque así lo sentía. Como la vez que le dije a una joven en el transporte público que sus mejillas me parecían acariciables y adoraría tocarlas. Simplemente lo hice. Acaricié sus mejillas y le sonreí. A diferencia de otras veces en las que sólo lo pensaba, o lo decía, o lo hacía, lo hice todo. Ella me sonrió y platicó un poco conmigo, hasta que tuve que bajarme para ir a la escuela.

Al bajarme de aquella combi, noté algo que para muchos es normal, pero que para mí resultó extraordinario: en mi cabeza sólo escuchaba los sonidos que mis oídos podían percibir. 

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[1] Clasificación de Trastornos Mentales CIE10/Criterios de la OMS.
[2] MARTÍNEZ, G.; La muerte lenta de Luciana B.; Ediciones Destino; Barcelona, 2007; p. 167-168.
[3] HUXLEY, A.; Las puertas de la percepción; Editores Mexicanos Unidos; México, 2009; p. 52.
[4] DESCARTES, R.; Discurso del Método; Editorial Tomo; México, 2006; p. 34.
[5] Íbidem p. 54.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Tiempo

Últimamente me he dedicado a pensar sobre el tiempo. Bien es un hecho que sólo mediante la interacción se pueden medir intervalos a los que se les ha dado un valor numérico. Contar entre un número y otro equivale a dar el valor entre un instante y otro. Meticulosamente se trata de medir el tiempo, pero no es más que una fútil fantasía. ¿Cómo darle valor a algo que no existe? Y en realidad, dicha cuestión sonaría absurda para la mayoría de las personas y quien quedaría como un estúpido sería yo, pues a menudo se le da un valor a lo que no existe.

Cuando amamos a una pareja, se cree que ésta devuelve el sentimiento con una intensidad semejante, pero tal suposición sólo tiene sustento en nuestra cabeza. Y aunque el cariño sea recíproco, jamás podremos saber cuánto queremos a una persona o cuánto nos quiere. Lo estimamos, lo imaginamos. Imaginamos para no sentirnos desprotegidos en un mundo repleto de incertidumbre. Nadie la tolera. ¿Quién es capaz de reconocer todo el tiempo que sólo sabe que nada es cierto?

La frase "sólo se que no sé nada" es absurda, pues hay una certeza absoluta y ésta es que sabemos del mundo únicamente lo que nos parece que parece, por sobreentendido y tonto que suene. Sabemos lo que otros a nuestro alrededor nos dicen... y lo creemos. Nos informamos de lo que la gente cree o siente que pasó, pero jamás estamos ciertos o seguros de que efectivamente así fueron las cosas.

La verdad es única. La realidad es única. Sólo puede haber una correcta interpretación de las cosas, y eso es el conocimiento puro. Sin embargo, tanto la verdad, como la realidad al igual que una verdadera interpretación, probablemente son cosas que ningún ser humano ha conocido en su vida con respecto de cualquier cosa.

Viene a mi mente aquel pensamiento de William Blake:
Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito.
¿Cómo conocer la verdad de la realidad de las cosas si todo el tiempo inventamos cosas para tratar de conocer aquello que no podemos conocer? El tiempo fue inventado para mesurar las acciones que realizamos. Clasificamos las cosas por año, por día, por mes, por minuto, por segundo... ¿Tiene eso sentido? Por supuesto que lo tiene, ya que todo eso la humanidad lo ha creado a partir de lo que puede comparar y atribuirle un valor relativamente exacto. Según nuestro ritmo de vida atribuimos valores de rápido o lento, monótono o variado, dinámico o letargoso, pero todo es hecho según podemos darnos certidumbre. Tal vez eso no importe demasiado, pero es signo innegable de que todo nos lo inventamos para creer que podemos confiar en un mundo desconfiable.

Cuando comemos un alimento empaquetado, confiamos en que sea higiénico. Cuando saludamos a alguien y nos trata con amabilidad, confiamos en que sea una persona sincera. Cuando nos dormimos por la noche, confiamos en que nuestra casa nos protegerá hasta el otro día y nos permitirá despertar para un nuevo día lleno de emociones y situaciones nuevas. No obstante, al paquete de pastelillos rellenos que al que acabamos de dar un mordisco podría tener semen de alguien en la crema que creemos deliciosa; la persona que nos sonríe día a día, bien podría hablar pestes de nosotros a todos los demás sin que nos podamos enterar; una fuga de gas podría hacernos explotar en medio de la noche para dejarnos con una última visión en la que somos devorados por lobos sedientos de sangre por causa de una terrible pesadilla.

Cosas por el estilo. También podría darse el caso contrario, y que el alimento que pensamos chatarra en realidad tenga nutrientes que nos benefician y desconocemos el bien que nos hacen. La persona que creemos nos odia podría estar muriendo de amor por nosotros, y cada noche nos escribe un poema dedicado para después recostarse y suspirar completamente embelesada al pensar en nuestra imagen. Nuestra casa podría propiciar que nuestro sueño fuera el más reparador y confortante posible.

Para bien o para mal, si es que puede hablarse de eso, siempre hay incertidumbre. El miedo y el horror a la duda, nos hace atribuirle a todo un valor bueno para evitar pensar que estamos en peligro. Huimos de él. Y al igual que con el tiempo, nos inventamos que las circunstancias que podemos apreciar en el momento tienen un valor cierto. Pero no pensamos en el tiempo cuando creemos que lo hacemos, sólo podemos valorar la velocidad de las cosas.

Creemos en la apreciación de nuestros sentidos, pero sólo miramos las circunstancias... el espacio y la velocidad de la interacción de lo que sea que esté. No hay tiempo para nosotros, aunque pensemos en el pasado, el presente o el futuro. Sólo hay acciones. Si sólo tenemos una limitada certeza de las cosas que hacemos, ¿cómo poder pensar en planes a futuro, a corto plazo, a largo plazo, o lo que sea?

Siempre hay algo que se desconoce, y sólo cuando la manifestación de esto es inmensamente monstruosa, podemos ver que todo lo que creíamos conocer del mundo no es más que un amargo recuerdo. Y lo único que podemos hacer es imaginar que sabemos que todo saldrá bien, aunque tenemos muy claro que no sabemos qué sucede en estos tiempos, ni qué sucederá en tiempos venideros.

Sólo podemos confiar ciegamente en que nuestro esfuerzo y bondad serán considerados por alguien alguna vez, mientras esperamos que el tiempo nos lleve por un buen camino, y no nos devore en una imagen sangrienta.