No tenía dieciocho años por dos meses cuando me dio esquizofrenia. Se me desarrolló un comportamiento extravagante como resultado de alucinaciones sobre mis errores del pasado. El pasado no me dejaba ser. Traté de averiguar cuál era exactamente mi trastorno, pero nada coincidía. En general la esquizofrenia tiene la siguiente sintomatología:
a) Eco, robo, inserción del pensamiento o difusión del mismo.
b) Ideas delirantes de ser controlado, de influencia o de pasividad, claramente referidas al cuerpo, a los movimientos de los miembros o a pensamientos o acciones o sensaciones concretos y percepción delirante.
c) Voces alucinatorias que comentan la propia actividad, que discuten entre ellas sobre el enfermo u otros tipos de voces alucinatorias que proceden de otra parte del cuerpo.
d) Ideas delirantes persistentes de otro tipo que no son adecuadas a la cultura del individuo o que son completamente imposibles, tales como las de identidad religiosa o política, capacidad y poderes sobrehumanos (por ejemplo, de ser capaz de controlar el clima, de estar en comunicación con seres de otros mundos).
e) Alucinaciones persistentes de cualquier modalidad, cuando se acompañan de ideas delirantes no estructuradas y fugaces sin contenido afectivo claro, o ideas sobrevaloradas persistentes, o cuando se presentan a diario durante semanas, meses o permanentemente.
f) Interpolaciones o bloqueos en el curso del pensamiento, que dan lugar aun lenguaje divagatorio, disgregado, incoherente o lleno de neologismos.
g) Manifestaciones catatónicas, tales como excitación, posturas características o flexibilidad cérea, negativismo, mutismo, estupor.
h) Síntomas "negativos" tales como apatía marcada, empobrecimiento del lenguaje, bloqueo o incongruencia de la respuesta emocional (estas últimas habitualmente conducen a retraimiento social y disminución de la competencia social). Debe quedar claro que estos síntomas no se deban a depresión o a medicación neuroléptica.
i) Un cambio consistente y significativo de la cualidad general de algunos aspectos de la conducta personal, que se manifiestan como pérdida de interés, falta objetivos, ociosidad, estar absorto y aislamiento social. [1]
Lo que yo tenía era un pensamiento disperso con respecto de la realidad y completamente retraído en mí. Yo creía ser capaz de poder escuchar los pensamientos de los demás. La vida diaria era tan rutinaria que en muchas ocasiones atinaba a lo que pasaba por la mente de los demás. Había excesivas coincidencias, y al mismo tiempo demasiadas discrepancias como para ser ignoradas. Era como en aquel libro escrito por Guillermo Martínez, La muerte lenta de Luciana B., cuando Kloster habla sobre las ''seguidillas'':
¿Qué era exactamente lo que había dicho Kloster? Que pensara en monedas lanzadas al aire. Que una racha de tres caras o tres cecas en diez lanzamientos no era nada extraño, sino lo más probable. Que el azar también tenía sus inclinaciones. Encontré en mi bolsillo una moneda plateada de veinticinco centavos. Busqué mi lapicera y desplegué una servilleta sobre la mesa. Lancé la moneda al aire diez veces seguidas y anoté la primera serie de caras y cecas con guiones y cruces. Lancé otras diez veces la moneda y escribí debajo una segunda sucesión. Seguí lanzando la moneda, con un movimiento cada vez más diestro del pulgar y anoté todavía algunas series más en la misma servilleta, una debajo de la otra, hasta que el mozo me trajo el café con el tostado. Mientras comía revisé las sucesiones, que perforaban la servilleta como un código extraño. Lo que me había dicho Kloster era cierto, asombrosamente cierto: casi en cada renglón había rachas de tres o más caras o cruces. Desplegué otra servilleta sobre la mesa y como si me hubiera acometido un impulso irrefrenable lancé la moneda con el propósito ahora de llegar a cien veces y apreté los signos de manera que la sucesión entera quedara escrita en ese recuadro de papel.[2]
Tal obsesión por las seguidillas de las caras o cruces resulta de la explicación del asesino Kloster al narrador de la historia sobre cómo puede ser posible que una persona pase por muchas desgracias seguidas, y así distraer la atención de su culpabilidad en las muertes de los familiares de Luciana. El punto que me interesa resaltar es el de la duda sobre lo que es posible y lo que no. Y aunque es cierto que en la vida las cosas no pueden ser reducidas sólo a dos categorías, cuando yo escuchaba aquellas voces que sonaban dentro de mi cabeza, yo sólo tenía dos posibilidades: que coincidiera lo que creía escuchar o que no.
Los pensamientos que creía escuchar tenían relación primeramente con lo que veía en el momento, por lo que al existir una seguidilla prolongada de coincidencias me pareció bastante factible que pudiera hacerlo. Creí que tal vez tuviera un gene que había permanecido inactivo en mi genealogía y ahora se había activado para hacerme capaz de ver y escuchar más allá de lo evidente. Pero conforme mi situación se fue agravando las cosas dejaron de ser tan simples. Ahora las cosas se complicaban, pues ya tales voces no partían del inmediato pues ahora escuchaba pensamientos sobre mí a partir de situaciones que se supondría que pasarían a futuro.
La dualidad comenzó a romperse. Ahora las seguidillas eran de no coincidencias. Si lo que escuchaba ya no coincidía con la realidad, entonces la única respuesta a la pregunta '¿qué pasa conmigo?' era la locura. Ya no había dudas. Entonces era posible que estuviera en un proceso de deterioro mental que irremediablemente terminaría con mi muerte. Entonces comencé a leer sobre trastornos mentales, resultando la esquizofrenia la más probable situación para mí.
Huxley escribió en Las Puertas de la percepción:
El esquizofrénico es un alma no solamente no regenerada, sino además desesperadamente enferma. Su enfermedad consiste en su incapacidad para escapar de la realidad interior y exterior y refugiarse -como hace habitualmente la persona sana- en el universo de fabricación casera del sentido común, en el mundo estrictamente humano de las nociones útiles, los símbolos compartidos y las convenciones socialmente aceptables. El esquizofrénico es como un hombre que está permanente bajo la influencia de la mescalina y que, por tanto, no puede rechazar la experiencia de una realidad con la que no puede convivir porque no es lo bastante santo, que no puede explicar porque se trata del más innegable y porfiado de los hechos primarios y que, al no permitirle nunca mirar al mundo con ojos meramente humanos, le asusta hasta el punto de hacerle interpretar su inflexible esquivez, su abrasadora intensidad de significado, como manifestaciones de malevolencia humana o hasta cósmica, de malevolencia que reclama las más desesperadas reacciones, desde la violencia asesina, o suicidio sicológico, en el otro.[3]
Y si bien todo esto era real, ¿qué clase de vida me esperaba? Si en todo momento escuchaba las voces que ''suponían que yo suponía'', ya no tendría libertad de acción, pues estaría condenado a perder mi espontaneidad. Ya no habría modo de reaccionar naturalmente ante las cosas. Si eran buenas para mí, perdería toda intención de hacer notar que me sentía confiado ante las circunstancias porque entonces se complicarían. Si eran malas para mí, trataría de reaccionar de modo que pareciera que nada me afectaba, aparentando ser impasible ante las desgracias. Un ser imperturbable. Pero todo ello estaba lejano de la realidad. Era un hecho que yo estaba totalmente a la merced de las voces en mi cabeza. Estaba encadenado a desobedecer lo que fuera que dijeran, perdiendo toda racionalidad y sentido de orientación en un mundo que lucía cada minuto más lúgubre y perturbador.
Traté de continuar leyendo sobre la locura, particularmente sobre la esquizofrénica, no obstante, nada parecía poder ayudarme. Todo eran panoramas desoladores que afirmaban que la cura era imposible y que todo estaba perdido. Tal era el horizonte y en mi creciente desesperación todo me parecía imposible de superar. Las llamadas convenciones sociales parecían ser algo completamente difícil de entender, algo que jamás había tenido y que casi imposiblemente podría aprender. ¿Qué me esperaba? ¿Qué sería de mí? Ya no había escapatoria de la tenebrosa insania.
Por esos tiempos comencé a encontrar mensajes por aquí y por allá que implicaban un hecho abominable: el suicidio. Las voces querían que me suicidara. Y las voces eran las de aquellos que creía mis amigos. Eso los creía, pero no lo eran... ¿o lo serían?. Si estaba cuerdo y tenía la capacidad de escuchar los pensamientos, entonces no lo eran, y debería alejarme de ellos. Yo se los había confesado. Creía que podía hacerlo. No me evadían ni tocaban el tema, pero me trataban como si quisieran comprobarlo. Las seguidillas habían hecho su trabajo en la destrucción del mundo que tanto amaba antes de mi enfermedad. Por otra parte, si estaba loco... ¿qué clase de amigos no buscarían ayudarme? No lo eran, simplemente, fuera cual fuera el horizonte debía asumir que no tenía amigos.
Hasta aquel punto, los únicos que no me habían tratado como un espanto indeseable eran los libros. Ya estaban escritos por gente o muerta o muy vieja. ¿Qué mierda importaba ya si estaba loco o no? La única constante de mi vida sería escuchar dichas voces, y tenía dos opciones: vivir con ellas o morir por ellas. Vivir me había dado enormes alegrías, y estaba seguro de que podría darme otras diferentes y probablemente más grandiosas. Ahora estaba seguro de algo: no quería morir, y menos siendo yo mi propio asesino.
Me aislé de todo cuanto pude. Nadie podía ser digno de confianza, y a pesar de que sabía que ése era uno de los signos de esquizofrenia, lo ignoré. Renne Descartes había escrito en El Discurso del Método:
Pero como hombre que tiene que andar solo y en la oscuridad, resolví ir tan despacio y emplear tanta circunspección en todo, que, a trueque de adelantar poco, me guardaría al menos muy bien de tropezar y caer. E incluso no quise empezar a deshacerme por completo de ninguna de las opiniones que pudieron antaño deslizarse en mi creencia, sin haber sido introducidas por la razón, hasta después de pasar buen tiempo dedicado al proyecto de la obra que iba a emprender, buscando el verdadero método para llegar al conocimiento de las cosas de que mi espíritu fuera capaz.[4]
En el mismo texto, el francés había encontrado una forma que ahora me parecía oro puro para poder superar la adversidad: sólo confiar en la evidencia; analizar antes de juzgar; empezar desde lo simple hasta lo complejo; y hacer recuentos generales y particulares para asegurarme de no pasar nada por alto. Con tales parámetros, lograría encontrar un sentido para mi vida. Ya no escucharía a las voces. Llanamente las ignoraría mientras sólo confiaba en las evidencias.
Y así me dispuse a desconfiar de las palabras de la gente y sólo a confiar en los hechos. Esto me dio una mayor certeza, y logré encontrar una luz para mi mundo de penumbras. Ya no tendría porque pensar en encontrar la sinceridad en la mirada de la gente, ahora la encontraría en sus acciones. Lo que fuera que hicieren, sin importar las justificaciones que le dieran a sus actos, yo sólo confiaría en las consecuencias, tal como el mundo me había juzgado a mí con anterioridad. Puede ser que suene tremendamente radical, mas esto me sirvió asombrosamente para alcanzar la serenidad.
A propósito sobre no hundirse en la locura como si ésta fuese arena movediza, Huxley, en la obra que ya he mencionado, hace otra referencia a la tranquilidad:
Ése era el problema: permanecer sereno. No dejarse perturbar por el recuerdo de los pecados cometidos, por el placer imaginado, por el amargo dejo de antiguos errores y humillaciones, por todos los miedos, odios y ansias que ordinariamente eclipsan la luz. [5]
¿Por qué creer que debía padecer? Preocuparme por lo que otros pensaran de mí no hacía ningún beneficio. Sólo importaba lo que hicieran conmigo y en mi presencia. Y comencé a recordar mis tiempos con Danna. Sin duda ella disfrutaba de mi compañía, pero nunca me lo había dicho, y yo trataba de cuidar tanto el que no se alejara de mí, que no mostraba seguridad alguna, y los escasos momentos de valentía que emergían esporádicamente siempre tenían que estar acompañados de insinuaciones sexuales o comentarios explícitos. En realidad a nadie le importa lo que pensamos sino lo que hacemos. ¿Quién da una mierda por nuestros pensamientos? Nadie. Incluso la palabrería barata e insulsa importa más para los demás porque sale al exterior y se exhibe como la mejor ramera de un burdel. Y empleo una ramera para hacer una comparación porque esas pobres mujeres siempre son explotadas por un proxeneta. Muchas personas son los chulos de las pobres palabras, que prostituídas sin miramientos son usadas una y otra vez con fines de convencimiento de las mentes más ingenuas que vaginas igualmente fáciles de convencer han parido en este mundo frío, estéril y sangriento con hambre de oportunismo.
Yo mismo había prostituído a las palabras para convencer a Luna de que las cosas no eran culpa mía, que era una víctima. Siempre utilizando el discurso de que la culpa de mis cambios de humor era aquella denuncia falsa que había hecho para que me arrestaran. Siempre funcionó de excusa. Eso y que le dijera que yo la amaba como se puede amar a la vida misma, como se ama a pesar del dolor, y con una pasión cercana a la muerte más tortuosa. La quería tanto como un bebé quiere a su madre la primera vez que la ve. La amaba tanto como una mujer que supera el cáncer ama su vida con una nueva esperanza de renovación en su corazón. Y la adoraba tanto como se adora el triunfo de la justicia sobre los criminales. Y así se lo decía. Ella lo creía. Sin embargo, por más que mis palabras fueran congruentes con mis sentimientos, éstos no lo eran con mis acciones, y eso poco a poco desgastó a Luna, al punto que duramente comprendió que sólo podría seguir conmigo si se olvidaba de ser feliz.
Tras tal reflexión supe que sólo encontrando congruencia entre mis sentimientos, acciones y mis palabras, por supuesto entendiendo que las palabras aunque provienen de la acción del habla no son ni pensamientos ni acciones sino ideas que se expresan, tal vez con un fin o sin uno. Pero yo entiendo a las acciones como hechos que demuestran un verdadero vínculo con el mundo. Según yo, un discurso no puede ser acción sino hasta que promueve una acción que produce algo nuevo en el mundo... que cambia algo. Un discurso que busca mantener un status quo no es una acción, aunque algunos digan que es un acto de 'reproducción'. Yo lo veo sólo como una idea que flota para impedir otras acciones. Que se infiltra en las mentes de otros sólo para impedir el cambio.
Y ahora que veía que las voces en mi cabeza no eran congruentes con las acciones de los demás ni con sus sentimientos, me cuestionaba qué tanto mis sentimientos, acciones, y palabras lo eran. Comencé a actuar en función de mis sentimientos y palabras. Si le decía a alguien que no estaba de acuerdo con algo, lo demostraba con mis acciones porque así lo sentía. Como la vez que le dije a una joven en el transporte público que sus mejillas me parecían acariciables y adoraría tocarlas. Simplemente lo hice. Acaricié sus mejillas y le sonreí. A diferencia de otras veces en las que sólo lo pensaba, o lo decía, o lo hacía, lo hice todo. Ella me sonrió y platicó un poco conmigo, hasta que tuve que bajarme para ir a la escuela.
Al bajarme de aquella combi, noté algo que para muchos es normal, pero que para mí resultó extraordinario: en mi cabeza sólo escuchaba los sonidos que mis oídos podían percibir.
--------------------------------------------
[1] Clasificación de Trastornos Mentales CIE10/Criterios de la OMS.
[2] MARTÍNEZ, G.; La muerte lenta de Luciana B.; Ediciones Destino; Barcelona, 2007; p. 167-168.
[3] HUXLEY, A.; Las puertas de la percepción; Editores Mexicanos Unidos; México, 2009; p. 52.
[4] DESCARTES, R.; Discurso del Método; Editorial Tomo; México, 2006; p. 34.
[5] Íbidem p. 54.