lunes, 20 de octubre de 2014

Una verdadera historia de TERROR: El secuestro de Paula

"Oculos habent et non videbunt"


La belleza es como la manzana de la discordia: todos quieren poseerla sin importar el costo. Algunas personas la desean como cualidad propia y ser reconocidas como gente cuyos atributos físicos tienen una armonía entre el orden y la sensualidad. Otras personas anhelan la belleza de los demás. La desean en un modo vampírico. Fagocitador. Quieren devorarla. Mantenerla entre sus manos como un tesoro único que nadie más ha sido capaz de conseguir. ¿De qué es capaz quien se obsesiona con la belleza de otra persona? Algunos miramos de lejos a esa persona especial cuya imagen nos ha fascinado y suspiramos creyéndonos enamorados aunque realmente no conocemos a esa persona. "El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazón", palabras de Shakespeare expresadas mediante el personaje Fray Lorenzo en 'Romeo y Julieta'. Lamento decepcionar a quien crea lo contrario, pero en verdad: el amor no es amor si no es fruto de un proceso recíproco de conocimiento. Conforme conocemos a la persona que nos gusta y nos atrae, es como evoluciona nuestro proceso amoroso. El sufrimiento mutuo, entendido como un proceso de transformación de nuestra personalidad al convivir con otra persona, es amor verdadero y genuino siempre que esté orientado a la mejora y el respeto a la libertad de quienes conforman una pareja. Cuando el sentimiento es demasiado intenso y únicamente ocurre en la mente de una sola de las partes, lo que esta persona siente no es amor. Es obsesión. ¿Qué sucedería si repentinamente alguien nos nota y comienza a exaltar nuestra imagen y personalidad hasta obsesionarse con nosotros? Una sonrisa malintepretada puede detonar fantasías en la mente de una persona que no ha sido tratada con amabilidad previamente. Un rechazo continuo, combinado con el aislamiento, puede llevar a cualquiera a pensar que en el mundo todas las personas son engreídas y egoístas. Comúnmente el origen es una relación conflictiva con o a través de las madres, pues ellas son quienes siempre están en contacto con las hijas e hijos. Si las niñas y niños miran abuso, o además de observarlo padecen tal circunstancia, habrán perdido para siempre la confianza en el mundo si no conviven con otras personas que les ofrezcan un poco de cariño fraternal y humano.

Un muchacho de veinte años había pasado por muchos contratiempos para concluir sus estudios de bachillerato. No recibía dinero de sus padres y su memoria estaba repleta de recuerdos trágicos llenos de soledad y rechazo. Trataba con personas, pero a menudo solían ser gente que se burlaba de él. Fingía integrarse, pero era evidente que era demasiado ingenuo, tímido y cobarde para juntarse con los chicos malos de su vecindario. Una vez con el certificado entre sus manos, se dedicó a buscar un empleo, logrando conseguir uno como capturista nocturno en una empresa del centro de la ciudad. Necesitaba mucho el empleo, así que aceptó todas las condiciones laborales que le impusieron. Entraba a las diez de la noche y salía a las siete de la mañana, pues le daban una hora para comer. Después de un par de meses de trabajar allí, sin hablar con los escasos compañeros de trabajo que tenía, él notó la presencia de una joven recién contratada para el turno matutino. Tenía el cabello teñido de rojo y la piel muy blanca, aunque no por falta de andar bajo los rayos del sol. Jamás se habría atrevido a hablar con ella de no ser porque un día, al sacar sus cosas del locker estas se cayeron al piso alfombrado y ella lo ayudo a recogerlas. La joven le preguntó su nombre y lo trató en un modo tan amable que él no pudo evitar sentir desconfianza. Él nunca habría vuelto a cruzar palabras con ella, mas al día siguiente la chica lo saludó con mucha alegría en el rostro. Los días pasaron y la chica continuaba saludándolo con una sonrisa, un abrazo y un beso. Ella notó que era muy huraño, por tanto se propuso como meta conseguir convertirlo en alguien más social. Así era ella, cuyo nombre era Paula. 

Comenzó a creer que Paula se había enamorado de él. Quizá ella había sido la primera persona capaz de ver algo que nadie más había podido. Ella había notado que era una buena persona, que era alguien que había sufrido y merecía la felicidad. Nadie más se interesaba en lo que le ocurriera a diferencia de ella, quien siempre preguntaba cómo había estado su día. Paula quería conocerlo. Ella era genuina. Nade podía ser tan amable sin motivo. Si bien no era una chica con curvas estereotipadas, su sensualidad no precisaba de ello, pues su modo de vestir y su delicadeza natural la recubrían de un cariz extático que lo obligaba a pensar en ella como si se tratase de un ángel. Conversando con Paula, descubrió que a ella le fascinaba el cine de arte. Una tarde de domingo, él asistió a uno de los pocos cines que presentaban ese tipo de películas, de forma que la próxima vez pudiera hablar de ello con Paula. Sorpresa y decepción cuando la encontró en la misma función acompañada de su novio. Ella trató de acercarse a saludarlo, pero aunque lo vio de frente, él fingió no conocerla y la miró con repulsión. A pesar de todo, él permaneció en la sala para mirar el filme de principio a fin, abandonando el cine de inmediato una vez que inició la secuencia de créditos.

Cuando volvieron a encontrarse en el trabajo, él fingió no saber nada sobre lo ocurrido, arguyendo que probablemente lo había confundido con alguien muy parecido. Paula dudó, pero decidió aceptar su versión, pese a que estaba segura de que lo había visto justo a lado suyo. Ella comenzó a notar que era más extraño de lo que creyó en un principio. Una semana después, Paula comenzó a recibir pequeños mensajes  en su locker, sin saber quién era el remitente. Eran intentos de poesía muy reutilizados que le recordaron sus tiempos de secundaria. Al principio fueron raros pero lindos, no obstante, había algo en aquellos escritos que la inquietaba e incomodaba. Lentamente, aquellos poemas fueron aumentando en intensidad y combinaciones de palabras perturbadoras. "Tú sabes que mi vida no vale nada, pues lo único que la vuelve valiosa es que tú estés en ella, Paula amada. No me conoces, pero yo no puedo dejar de mirarte. Estás en mi mente todo el tiempo. Te observo en silencio desde lo lejos, donde sé que no tendré el deseo de quitarme la vida por ser incapaz de besarte." Aunque trató de sentirse halagada para restar importancia al asunto, Paula no pudo tranquilizarse en todo el día. Inocente como era, no podía sospechar que el autor de tales palabras fuera su amigo tímido del turno de noche. Paula habló con Recursos Humanos para que solicitaran a los empleados en general de abstenerse de meter cosas en los lockers de otras personas, no como una acusación flagrante sino como una política de la empresa que podría generar una sanción terrible para quien fuese descubierto haciéndolo. 

Semanas más tarde, el Departamento de Recursos Humanos recibió la llamada de los padres de Paula. No podían encontrarla por ningún lado y nadie sabía nada de ella desde tres días atrás. Él la había raptado. La siguió a todos lados, lo más que pudo, durmiendo en un viejo baño abandonado de la empresa durante el turno de Paula y saliendo detrás de ella, manteniendo la distancia lo suficiente para que ella no notara su presencia. Un viernes la siguió hasta un hotel, donde se encontró con su novio. Entraron. Estuvieron allí cinco horas. Salieron y fueron a comer algo  en un restaurante cercano. ¿Cómo se había atrevido a hacerle algo así? ¡A él, que tan desesperada y dolorosamente la amaba! Su novio la dejó en la puerta de su casa. Paula entró. Eran cerca de las diez. Breves instantes y el timbre de la puerta sonó. Paula salió, pensando que su novio volvía para decirle algo más. Un encapuchado la embistió y con un golpe en la sien la dejó inconsciente. Cuando despertó, se dio cuenta de que le habían roto las muñecas y que estaba sentada en una silla con las manos amarradas hacia atrás. Frente a ella: él. El extraño a quien había decidido hablarle por piedad y lástima cuando le ayudó a recoger sus trastes de comida. Ella lo miró con ojos trémulos y pidió clemencia. El dolor de sus muñecas era insoportable. Ignorando sus súplicas, él la interrogó como si fuese una criminal del peor y más bajo nivel. Con la voz quebrada, Paula imploró y suplicó por su liberación. Sus palabras eran aceleradas, emitidas casi en un chillido lastimero de dolor. "Silencio", le dijo él. Paula suprimió sus deseos de gritar y lo miró fijamente, sintiéndose traicionada y muy dolida. No hubo piedad. Él la golpeó y continuó interrogándola. Tras darse cuenta de que estaba en presencia de un psicópata, ella decidió ser sincera con él. Confesó que nunca vio en él a algo más que un amigo, y que los poemas que le había hecho llegar la asustaron más que lo que le agradaron.

La ira explotó en una turbulencia de odio y dolor en los ojos de él. Dolorosamente la tiró de la silla y la arrastró de la cabellera hasta un apestoso y manchado colchón. Al cuarto día de su desaparición, finalmente la policía encontró el lugar en donde él vivía que era el mismo donde se hallaba Paula. Él estaba muerto. Se había suicidado arrojándose a las vías del metro. Supieron la ubicación de Paula por la nota suicida que conservó firmemente estrujada entre los dedos de su mano derecha. Muchas heridas supuraban en el cuerpo de paula, mas ninguna estaba en peor condición que la enorme laceración que tenía en el alma. Entre vómito, sangre y otros fluidos corporales, la chica conservaba la mirada perdida y dirigida hacia algunas de las piezas dentales esparcidas sobre el colchón que antes lucieran en su sonrisa despreocupada y alegre. Su vida había cambiado para siempre.

Una verdadera historia de TERROR: Karenina

"La chica de mis sueños"

Los sueños son una forma de manifestación de las tensiones que no se han podido desahogar. Desentrañar los secretos de un sueño en ocasiones puede parecer muy siemple, pero en otras es demasiado difícil. Algunas personas incluso aseguran que los sueños son la entrada de nuestra alma en el mundo de los espíritus, donde a veces podemos admirar el purgatorio, el cielo o el infierno. El alma explora el mundo metafísico que nos espera de acuerdo a lo que habite en nuestra mente y según los deseos que tengamos. En completa oposición, otras personas reconocen a las manifestaciones oníricas como un modo de descargar los anhelos más profundos y más reprimidos que se tienen.

Cualquiera que sea la teoría que cada quien desee aplicar a esta historia, estoy seguro de que todas las perspectivas concordaran en que los sueños de esta persona no auguran nada bueno. Se trata de un muchacho de quince años que tiene sueños recurrentes en los que aparece una joven que él asegura jamás ha conocido. Este muchacho asevera que antes de soñar con esa chica, era muy raro el sueño que podía recordar, tratándose siempre de sueños que carecían de secuencia lógica y durante los cuales existían vacíos de contenido.

El primer sueño en que la joven apareció, él recuerda haberla visto llorando detrás de la reja de una casa que le quedaba de paso al regresar de la escuela. Él trató de acercarse a ella para averiguar la causa de su llanto. Aunque renuente en un principio, finalmente accedió a contarle el motivo de sus lágrimas. No tenía hogar ni familia a quien recurrir, por lo que había vivido en la calle durante semanas, alimentándose de cuanto podía robar o conseguir que le regalaran. El muchacho le ofreció su casa como nuevo hogar, pues se compadeció de ella ya que asegura su belleza era muy melancólica y atrayente. Después de haber tenido ese sueño, él pasó por la casa en la que había encontrado a la muchacha, pero allí nadie estaba. Únicamente se trataba de un sueño.

Gradualmente, los sueños en que aparecía la joven fueron haciéndose más frecuentes y cada vez más dotados de realidad y una línea lógica más definida. Las pláticas que llevaba con ella eran cada vez más profundas y personales. Él asegura que conforme fraternizaba con ella su empatía con la gente real iba reduciéndose y también su frialdad ante el dolor de los demás aumentaba. Cuenta él que cuando su hermano menor fue hospitalizado por una enfermedad pulmonar, su reacción careció de cualquier tipo de alarma o preocupación. También asegura que la presencia de otras personas comenzó a molestarlo y fue aislándose cada vez más, al grado que llegó a preocupar al prefecto de la escuela, pues pensó que tenía problemas con las drogas.

Todos a su alrededor asumieron que eran cambios naturales de la edad. Es un hecho que una época difícil para reconocer problemas psicológicos es la adolescencia, al menos para quienes no están especializados en el campo. Entonces tenía catorce años. Sin ningún motivo aparente, él desarrolló una fobia a la luz del sol, insistiendo en que no podía ver cuando había luz pero que era perfectamente capaz de distinguir las formas en la obscuridad. La extrema rareza que manifestaba lo convirtió en un blanco de burlas en la escuela y los rumores sobre él comenzaron a brotar como el musgo en la humedad.

Una noche, sus padres escucharon un estrépito en su cuarto. Muy asustados, corrieron hasta la habitación del chico, encontrándolo tirado en el suelo y con todas sus pertenencias desperdigadas por el piso. Quedaron anonadados al contemplar la escena, pues el ruido que oyeron fue demasiado efímero como para considerar que él hubiera tirado sus cosas durante un arranque de ira. El ruido que escucharon fue como si de súbito todo cayera al piso. Se negó a dar detalles a sus padres, pero más adelante, durante análisis, él aseguró que aquella noche tuvo una fuerte pelea con la chica de sus sueños, pues ella lo había invitado a huir de su casa y acompañarla a un lugar mejor. Cuando se negó a hacerlo, ella reaccionó con una furia mórbida y comenzó a golpearlo. Sin que pudiera darse cuenta de cómo, ella había crecido varios centímetros y su musculatura se había desarrollado demasiado. Al lograr despertarse, se encontró sobre el piso con su cuarto hecho una desgracia. Sus padres se dedicaron a darle reprimendas por lo que había hecho a sus cosas, siendo incapaces de notar que él desde esa noche tenía un inmenso pavor a dormir otra vez. Pasó casi cinco días sin dormir.

Su madre llegó del trabajo un par de horas después de que el sueño lo venciera. La mujer escuchó gritos desesperados que provenían del cuarto de su hijo. Al abrir la puerta, encontró a su hijo retorciéndose de modo convulso y con el torso cubierto de sangre. Continuaba dormido. Las uñas de su mano izquierda tenían trozos de su propia carne y tenía heridas profundas en el pecho. Una vez en el hospital, los médicos se encargaron de los análisis de su situacion, descubriendo que la carne en las uñas del muchacho no era suya sino de otra persona y que las heridas en su pecho habían sido hechas con los dientes, pero no realizadas por un animal, sino por una dentadura humana. Aunque la policía intervino en el caso, él se negó a dar más detalles.

Ya en sesión, aseguró que, luego de decirle a la chica de sus sueños que nunca más quería volver a verla y que lo dejara en paz, ella arremetió contra él, lo inmovilizó tomándolo por los antebrazos y comenzó a morder su carne, diciéndole que se comería su corazón. Con más desesperación que destreza, logró zafar una de sus manos y arañó el rostro de su atacante, consiguiendo apartarla de sí. Estaba seguro de que moriría de no ser porque su madre apareció para despertarlo y llevarlo al hospital.

Además de lo que ahora he relatado, hay muchas otras cosas que el muchacho se niega a contar. No obstante, finalmente se logró que dijera el nombre de la chica que aparece en sus sueños: Karenina. Yo y mis colegas de la misma institución estábamos seguros de que se trataba de un caso de abuso por parte de alguno de los padres. Semanas después asistimos a un congreso de psicoanálisis en Argentina. Todo iba bien durante el evento, hasta que un colega colombiano presentó el caso de una chica que había sido atacada durante sus sueños por una mujer llamada Karenina. No sabemos si ambos casos se han desarrollado debido a la exposición a algún contenido perturbador como un libro, una película o algo semejante, pero sí reconocemos que al escuchar nuestra historia en labios de otra persona, nos resultó algo verdaderamente pavoroso.


miércoles, 8 de octubre de 2014

Una verdadera historia de TERROR: una chica sobre el suelo

--Causam languoris video nec caveo--

Todo comenzó con una foto en internet. Realmente Daniel no sabía el contexto de la imagen, pero le pareció algo muy excitante. La sensualidad que fluía del cuerpo de la joven recostada sobre el suelo polvoriento era verdaderamente anonadante. Seguramente era una de aquellas chicas tontas que en su juventud e ignorancia bebían más de lo que su cuerpo podía asimilar, terminando desmayada en cualquier sitio. Lo que más atraía la atención de aquella foto era la posición en la cual dicha joven se hallaba. Su derrière se exhibía con una inclinación que parecía invitar a una caricia lenta y firme. Quizá para colocarse encima de ella y seducirla repegándole el cuerpo, susurrándole al oído cosas ardientes. Daniel no había querido entrar a la página web de donde google había obtenido la imagen. Simplemente dio un click derecho sobre la foto y la abrió en una nueva pestaña para verla y después guardarla en su carpeta de imágenes, pues así podría contemplarla cuando y cuanto quisiera. Su vieja costumbre de acumular fotografías de chicas borrachas fue abandonada. Sólo necesitaba una. Pasaba horas frente a su netbook admirando la foto. Faltaban cuatro meses para su cumpleaños. Pronto tendría veintiocho años. 

Nunca fue un fiestero y no sabía cómo reaccionar cuando alguna chica se le insinuaba en algún bar o antro. Era muy torpe e ingenuo. Sólo era capaz de hallar un alivio frugal cuando se masturbaba. A veces pensaba en una chica del trabajo, en alguna muchacha que había visto en el metro, en ocasiones fantaseaba con viejas compañeras de escuela con las cuales nunca pudo pasar de una relación meramente superficial. Desde que había hallado aquella imagen de la chica inconsciente sobre el suelo, no había otra cosa que pudiera excitarlo. Lentamente, sin poder darse cuenta de cuando había cruzado la línea, su gusto por aquella fotografía se había convertido en una obsesión. Durante el trabajo, la comida, el desayuno y la cena, Daniel sólo podía pensar en la imagen. Toda su actividad frente a la computadora se reducía a mirar la imagen y fantasear con la chica desmayada. Siempre la caricia, el susurro y la penetración lenta desde atrás. La mente de Daniel comenzó a trastornarse. Siendo un hombre solitario, un día decidió retomar uno de sus viejos hábitos de adolescencia: beber alcohol sin diluir durante la noche. 

Mientras disfrutaba su estado de embriaguez, sus recuerdos comenzaron a danzar frente a sus ojos: Candy, la chica rubia a quien le hubiera gustado acariciar mientras le susurraba al oído; Jenny, la de mirada tierna a quien le hubiera encantado acariciarle los pechos mientras unía su sexo a su trasero. ¿Y si hubiera sido capaz de dejarlas inconscientes, en la misma posición que la chica de la foto? Pronto se enteró por pláticas de sus compañeros de trabajo que había pandilleros noqueando a personas en la calle sólo por diversión. Aquello lo dejó anonadado, sin embargo, durante sus noches de borrachera, sólo podía pensar en lo que podría suceder si acaso consiguiera noquear a una mujer para llevar a cabo su fantasía de la caricia y el susurro. Cerca de dos semanas, Daniel continuaba con su rutina de fantasía y deseo, imaginando a diversas mujeres siendo golpeadas en la nuca y cayendo en el pavimento de una calle oscura en la misma posición de la chica de la foto, disponibles para que el consiguiera lograr la caricia y el susurro que tanto anhelaba. 

Finalmente, una noche, decidió planificar el modo de conseguir desmayar a una chica para volver realidad su fantasía. Buscó nuevamente la fotografía en google, pero no pudo encontrarla. Siendo medianamente inteligente, Daniel subió a su perfil de facebook aquella fotografía como post privado que únicamente él podía ver. Abrió la imagen en una pestaña nueva y después dio click derecho y buscar imagen en google para poder hallar la página donde se encontraba. Sólo una página tenía esa fotografía. Al acceder a ella, Daniel esperaba leer una historia sobre mujeres ebrias tiradas en la calle. Sus ojos se abrieron incrédulos y con ansiedad leyó el artículo que acompañaba su adorada fotografía. Jamás hubo una chica ebria. La joven de la imagen había sido asesinada. No contaba con más de catorce años. Alguien la había estrangulado con una cuerda y después la arrojó al suelo sin remordimiento. Aquella chica había sido colocada en aquella posición ex profeso. Su cuerpo fue acomodado con el propósito de ser exhibido como objeto de deseo para aquellos que gozaban de la sensualidad de la muerte. El autor de aquel artículo había subido más fotos de aquel cadaver. 

Los ojos carentes de luz miraban perdidamente al vacío con un sentimiento de melancolía que conmovió el alma de Daniel. En realidad, un asesino había subido aquellas fotos para exhibir un trastornado juicio estético sobre el cadáver de la niña. El asesino escribió que las personas ríen, lloran, se carcajean y hacen muecas que deforman sus rostros y denotan emociones efímeras que jamás serán recordadas, por lo que el único sentimiento verdaderamente bello y sexualmente atractivo, era el que sentía una persona al advertir que la extinción de su vida era inminente, momento que yacería eternamente sobre su rostro hasta que la putrefacción se lo arrebatara. Horrorizado, Daniel leyó cada palabra que el asesino escribió en esa página. Nadie había leído aquel artículo. Era el primer lector de aquel escrito macabro. Además de un intento de ensayo filosófico sobre la estética, aquel texto era una crónica muy detallada de un femicidio. 

La mirada de la chica muerta dirigida hacia el vacío, acosó a Daniel por meses. Creía mirar el cadaver de la chica en todos lados, y varias veces estuvo a punto de ser atropellado al estar tan alterado. No podía olvidar su rostro abandonado en la desesperanza y la amargura. Y sabía que ninguna palabra de consuelo ni algún intento de justificación lo liberaría del tormento al que estaba condenado eternamente, puesto que, sin haberlo realizado, había visto las consecuencias de una atrocidad que realmente estaba dispuesto a cometer.


Una verdadera historia de TERROR: Sonia

--Nemo me impune lacessit--

Aquella noche de fiesta había sido suficiente para Sonia, una bella joven de veintidós años que salía de un bar caminando ligeramente tambaleante. Eran aproximadamente las dos de la mañana. En unas cuantas horas debería levantarse de la cama para darse una ducha y después asistir a su curso sabatino de comprensión de lectura, en el cual estaba aprendiendo francés. Era una buena chica. En ocasiones podría parecer un tanto antipática con los demás, pero si se ha de hacer justicia con ella, Sonia únicamente era una joven cuyo mayor crimen era la disciplina. A decir verdad, aunque salía a menudo los viernes por la noche, no bebía más que un par de tragos pues gozaba más platicar con la gente, bailando al ritmo de la música electrónica mientras jugueteaba con su cabello, olvidando las presiones que la escuela y el trabajo de medio tiempo en un call center le originaban.

Era una noche seca de invierno, en el mes de febrero. Sonia caminó hasta su automóvil estacionado en una calle contigua. Había bebido más que de costumbre, pero se sentía sobria. Manejó durante quince minutos hasta que sintió su boca seca, siendo éste su motivo para detenerse en un autoservicio para comprar una botella de agua y un encendedor. Fumar no era un hábito para ella, pero la noche ameritaba encender un taco de cáncer. Era inevitable sentirse una persona intelectual, muy introspectiva y profunda, con el filtro del cigarrillo entre sus labios. Regresó a su coche y cerró la portezuela mientras admiraba las penumbras de la calle solariega, tratando de pensar en cómo continuar con su proyecto de vida cuando las tareas escolares comenzaban a ser cada vez más laboriosas. Estaba en el último semestre de la licenciatura. Sólo tres meses más y podría comenzar a trabajar en su campo. Ya después vería cómo hacer una tesis.

Sus pensamientos quedaron truncados cuando una patrulla se detuvo frente a ella, asustándola lo suficiente como para que dejara caer su cigarrillo en el asiento. De inmediato, un oficial descendió del vehículo y se aproximó a su ventanilla con pasó firme. Tras un par de golpes leves del hombre, Sonia bajó el vidrio consternada. El oficial hizo preguntas referentes a su estado de ebriedad pese a que ella no había dado motivo para que se sospechara de ella. Al instante, creyó que ese policía la había estado siguiendo en espera de una oportunidad para emboscarla. Sonia no se resistió al procedimiento, esperando que de aquel modo el asunto pudiera resolverse con algún soborno. El oficial se rehusó a sus ofrecimientos de dinero. Sonia comenzó a asustarse. Tras varios ruegos, el oficial abandonó su intransigencia y con una sonrisa malévola le preguntó "¿Cónoces dónde está la calle de las maravillas?" Sonia no supo qué responder. Ante su silencio, el uniformado le dijo que con un simple "sí" se libraría de pasar la noche entre ebrios e indigentes. Ella cedió sin imaginar lo que esperaba por ella en los momentos próximos. El oficial la llevó a su patrulla, asegurándole que no la llevaría detenida, pero que debería atravesar cierto trámite antes de irse.
Dentro de la patrulla estaba otro policía, quien la miró de pies a cabeza con lascivia y prepotencia. Sonia trató de regresar a su coche pero el primer oficial atenazó su brazo con su manana. Ella comprendió que estaba a punto de vivir una experiencia muy desagradable. Era una chica muy bella, pero también era muy frágil. Aunque se resistiera con todas sus fuerzas, aquellos dos hombres podrían lastimarla gravemente al someterla. Lo más prudente era acceder a lo que pidieran y esperar que no fueran muy exigentes. La boca de Sonia probó sabores que al instante quiso olvidar. Su cuerpo fue despojado de la ropa que lo cubría. Una vez desnuda, atravesó doce minutos tortuosos en las que pudo ver lacerada su dignidad, siendo tratada sin ningún respeto. Los policías la tocaban como y donde querían, sin límites y con brusquedad. Para ellos, ella disfrutaba el maltrato. Para Sonia, la desesperación crecía cada segundo, deviniendo insoportable.

Satisfechos con ella, los policías la dejaron un momento a solas para que se vistiera nuevamente. Sonia cubría su cuerpo mientras retenía el llanto. Apretaba la mandíbula e intentaba contener un alarido, por lo cual su pecho temblaba de modo convulso. Una vez con las prendas en su lugar, Sonia quedó en silencio sobre el asiento tasero de la patrulla, mirando abajo perdidamente. Uno de los oficiales abrió súbitamente la portezuela y le dijo secamente que se largara a menos de que quisiera repetir. Sonia lo miró con odio. Inesperadamente, ella emitió un grito iracundo que asustó a ambos policías. "¡Cállate!", le ordenó uno de ellos, pero Sonia gritó aun más fuerte. Ante el miedo de que alguien pudiera asomarse, entre ambos la sometieron, pero estaba tan enloquecida que no podían controlarla, así que finalmente, uno de ellos cerró un puño y lo impulsó violentamente contra el ojo de Sonia. El impacto fue tan poderoso que ella quedó noqueada. Entre ambos la bajaron de la patrulla y la dejaron tendida sobre el pavimento frente a su coche para después irse de allí sin mirar atrás.

Durante semanas, Sonia no pudo sacar de su mente lo ocurrido dentro de la patrulla. Cuando cerraba los ojos, cuando dormía, cuando comía, estudiaba y trabajaba, la piel, el olor y las manos de los policías en su cuerpo la perseguían. Además, el golpe en el ojo había sido tan fuerte que lo había dejado totalmente inútil, y con una gigantesca mancha  de color marrón donde se suponía que debería estar su pupila y su iris. Todas las personas a su alrededor evitaban mirarla al rostro y quienes se atrevían a hacerlo no podían disimular el asco que les originaba mirar su ojo. Lentamente, el dolor de Sonia se transformó en odio y cada día estaba repleto de un irrefrenable deseo de venganza. Su mente se volvió tan dispersa que comenzó a fallar en el trabajo y terminaron despidiéndola. Abandonó sus estudios en la universidad y dejó el curso de comprensión de lectura. Estaba obsesionada. Necesitaba asesinar a quienes habían destruido su vida.

Totalmente fuera de sí, Sonia tomó un cuchillo de su cocina y se dedicó a merodear las calles aledañas al lugar en que aquellos policías la habían detenido. Finalmente un día volvió a verlos. Llevaban fuera de la patrulla a una chica que lloriqueaba mientras la arrastraban hacia su vehículo. Estaba tan ebria que apenas podía mantenerse en pie. Sonia aprovechó el momento y se introdujo en el asiento trasero del vehículo. Luego de abandonar a su víctima, los policías regresaron a la patrulla y cerraron la portezuela trasera sin mirar lo que había dentro. Sonia esperó allí hasta que el turno de aquellos oficiales concluyó. Ellos estacionaron la patrulla en medio de una calle y comenzaron a ponerse de acuerdo sobre el próximo viernes que cubrirían, resueltos a tomar por sorpresa a una nueva víctima. Se quejaron un poco de sus respectivas esposas y familias, burlándose sin reparos. Arguyendo tener que hacer el papel de buen marido, uno de los oficiales pidió a su compañero que lo llevase a su casa para ver a su obesa mujer sólo para simular el papel de buen marido. El otro policía accedió y en menos de diez minutos llegaron a la casa de éste. El oficial descendió de la patrulla y se metió a su casa dejando la puerta abierta, ya que sólo iba por unos minutos. Su compañero, al ver la quietud de la calle, se acomodó en el asiento y bajó la visera de su sombrero para descansar la mirada. El hombre estaba tan ensimismado que jamás escuchó el leve sonido de la portezuela trasera al abrise, ni los delicados pasos que se aproximaban hacia él, que había dejado la ventanilla baja para acomodar su brazo.

El filo de un cuchillo atravesó violentamente la garganta del oficial, quien había quedado incapacitado para poder gritar. Su sombrero cayó hacia un lado, y entonces pudo ver el rostro enloquecido de una mujer delgada y ojerosa cuyo ojo derecho parecía haber sido desgarrado por dentro. El cuchillo se deslizó desde el interior de su cuello y nuevamente volvió a ser incrustado dentro de su pecho, después dentro de su abdomen y después, cuando ya sólo le quedaba un hilo de vida, la hoja del cuchillo se hundió en su ojo derecho, donde Sonia le dio vueltas frenéticamente. Era un cuchillo grueso y pequeño, pero había sido suficiente para matar.

Mientras tanto, el otro oficial había cruzado unas cuantas palabras con su esposa. Ella apenas le había hecho caso pues estaba más interesada en seguir durmiendo. Si no estaban divorciados, era únicamente porque ello rompería la rutina que los tenía cautivos. El hombre estaba harto de ella, pero se consolaba  imaginándose al abusar de otro cuerpo joven y vulnerable en el siguiente viernes, como venía haciendo desde dos años atrás impunemente. Entró en el baño y se dispuso a orinar, cerrando los ojos y dirigiendo su rostro al techo para disfrutar de aquel acto de liberación. Sin darle oportunidad de reacción, la punta de un cuchillo se hundió en su traquea y después dio vueltas dentro de su cuello, provocándole un dolor muy intenso que sólo pudo ser expresado por un gemido ahogado por su propia sangre. El cuchillo se encajó en su abdomen y después en su hígado. Él se desplomó sobre el inodoro, tratando desesperadamente de mejorar una situación que ya lo había destinado a la muerte. Una mano de dedos delgados lo tomó por los cabellos y le hizo girar la mirada para que pudiera ver, en medio de su agonía, a la persona que le había arrebatado la vida. Su atención se centró en el ojo muerto que parecía succionar su energía por medio de la locura y el terror que emanaban de éste. La fuerza abandonaba el cuerpo del policía. Sus últimos momentos de consciencia fueron acompañados del máximo dolor que hubo de sentir en toda su existencia. El cuchillo penetró en su ojo derecho, destrozándolo y cortándolo en una sangrienta escena que fascinó y liberó a la autora de aquel asesinato.

Siempre habrá un cuchillo dispuesto para hacerte pagar los abusos que has cometido. Siempre.