Los mismos científicos entendieron que el acto de conocer per se es moralmente neutro.
Ello hablando al respecto de lo que ocurrió en los tiempos en que varios científicos se dedicaron por completo a investigar en lo que derivó en la bomba atómica. Y es esto lo que me lleva a consternarme. Si bien el conocer no puede ser juzgado como algo malo sino, por lo contrario, como algo benigno, ¿cuál es el límite que un ser humano puede establecerse como al indicado a la hora de conocer algo?
Como lo he mencionado antes, cada quien ve lo que quiere en determinado símbolos, por más que estos quieran ser de concepción unificada, lo único que puede ser catalogado como exacto es aquello que puede medirse o cuyo acto implica un reacción específica.
Todo pareciere demasiado <positivista> o carente de humanización en la concepción de conocimiento obtenido exacto, sin embargo no es así, aunque le pese a muchos. La aparente paradoja que existe en la investigación sobre humanos es que no pueden ser estudiados más allá de un límite ético a la vez que se enmascaran sus problemas a partir del estudio de humanos sujetos a problemas de casos demasiado particulares como para poder contribuir a la esencia de la investigación en humanos y sus comportamientos individuales y sociales.
El mismo Sigmund Freud cayó en esa tontería y por lo mismo mucho de lo que dice llega a un absurdo inminente. Muchos, por no decir una mayoría cercanísima al 100%, de los psicoanalistas se han dedicado a teorizar y reformular los hallazgos teóricos de Freud con base en lo que observan en los casos de sus pacientes y en sí mismos, sin darse cuenta que la mayoría de los analizados son personas con la disposición a pedir ayuda y comprenderse o gente que está obligada a pasar por dicho proceso para lograr un fin diferente al de realmente comprender su sí.
Pero, ¿qué pasa con el resto? ¿Qué sucede con aquellos que han caído en el error de confiar sus problemas a amigos que podrían padecer las mismas psicosis que ellos y actuar basándose en la opinión grupal?
Existe más gente que se resiste a ir con un analista de la que asiste o tiene dinero para pagar un análisis. ¿Qué ocurre con ellos? Los que salen y conviven con los demás; los que viven subyugados a creencias infundadas de narcisismo divino; los que reprimen sus deseos sexuales por una educación que los ha hecho presas de una cultura opresiva...
Todos ellos importan, pero al mismo tiempo no. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que todos temen a verse expuestos. La vergüenza sigue demasiado arraigada en la mente de muchos. ¿Por qué se tiene tal horror? ¿Por qué de ese pavor? Es por pensar en las consecuencias que una humillación puede tener, porque mantener aquello que se considera pudendo es lo más fácil. Cuando alguien es demasiado temeroso y cobarde de admitir una realidad y lidiar con ella, la esconde o la evade en lo más posible.
Es un muro que la humanidad no ha podido derribar aún. ¿Cómo alguien puede arreglar sus problemas si se dedica a silenciarlos y reprimirlos lo más que puede? El humano que hace esto compacta su mente y la mantiene en un continuo estado de tensión que puede llegar a emerger en una manera explosiva que después propicia un deterioro continuo e irreversible.
Así pues olvidarse de culturas impuestas desde el nacimiento y sentimientos generados a partir de un efecto social es la mejor opción que tiene el humano que realmente quiera comprender su estado y hacer algo para modificar y transformar su realidad.

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