Fingir y cubrirse de una apariencia falsa. Eso pierde el sentido si se quiere vivir el ahora, pero cobra una gran relevancia cuando se quiere entender el hoy. Y es una palabra curiosa: hoy: la máxima expresión del status quo. Uno insatisfactorio; uno que a tantas les duele; uno que a tantos desprecia; uno que a tantos desaparece. Y es abominablemente triste, porque implica pérdidas que jamás debieron ser... que jamás debieron suceder, ni generar el duelo, obra de la muerte, del crimen y del asedio constante de la impotencia.
¿Por qué me engañas? ¿Por qué me raptas? ¿Por qué me hieres? ¿Porque desgarras mi candor con tus colmillos de horrores? ¿Qué hice para que quieras neutralizarme? Y ahora, ¿por qué me exhibes? ¿Por qué no piensas en el suplicio que me obligas a atravesar? ¿Por qué me violas? ¿Por qué te turnas con otros para arrebatarme un instante que pudo haber sido de inmensa alegría para ambos? ¿Qué te hace apuntar a mi sien con esa arma? ¿Por qué me matas? ¿Por qué me abandonas semidesnuda en el desierto? ¿Acaso a nadie le importa?
¡No me olvides! ¡Dejé de respirar pero aun sigo viva! ¡Mis ojos miran exangües hacia la nada, pero todavía pueden ver! ¡Mi cuerpo está frío y rígido, pero mi corazón sigue latiendo!
Nadie debe olvidarlas. Ellas están con nosotros, y permanecemos amándolas. Ellas son la razón de nuestra sed, de nuestra hambre... de nuestra necesidad.
Seguimos sin poder recordar, beber, comer, y es nuestra carestía. Y sigue la misma pregunta para todo esto: ¿Dónde está la justicia?
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