En una noche calurosa de primavera, amor era
como beber agua helada luego de vagar sediento
a través de un abrasador y desolado desierto,
podía besar y abrazar a quien yo quisiera.
En una mañana fresca de verano, el amor claro
de mis manos podía gozar un cuerpo bello,
al tiempo que el cariño de ella en mi corazón dejó su sello,
ahora un beso y un abrazo, sin cariño, era raro.
En una tarde de otoño, amando perdí el tono;
olvidé lo hermoso que un candoroso beso despertó en mí una vez,
mientras hierve mi sangre con pasión creo que no hay qué temer,
mas mi error me ha llevado a comprender todo.
En una noche de invierno, mi Yo amante no es tierno,
puesto que en mi alma permanece la cicatriz de la revelación
y de la pérdida más dolorosa que, melancólica, gorjea una canción
silenciando aquel bullicio de mi juventud, en que la recuerdo.
Antes todo me parecía más claro pero ahora me aturde; es confuso;
me río y lloro después, para entrar en pánico de un momento a otro,
y el clima parece haber, en sí mismo, enloquecido... o quizá lo ha hecho conmigo, dejándome con un espíritu con sangrado profuso,
aunque confío que algún día, de una forma u otra, logre despojarme del miedo que no me deja entregarme por completo.
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