--Causam languoris video nec caveo--
Todo comenzó con una foto en internet. Realmente Daniel no sabía el contexto de la imagen, pero le pareció algo muy excitante. La sensualidad que fluía del cuerpo de la joven recostada sobre el suelo polvoriento era verdaderamente anonadante. Seguramente era una de aquellas chicas tontas que en su juventud e ignorancia bebían más de lo que su cuerpo podía asimilar, terminando desmayada en cualquier sitio. Lo que más atraía la atención de aquella foto era la posición en la cual dicha joven se hallaba. Su derrière se exhibía con una inclinación que parecía invitar a una caricia lenta y firme. Quizá para colocarse encima de ella y seducirla repegándole el cuerpo, susurrándole al oído cosas ardientes. Daniel no había querido entrar a la página web de donde google había obtenido la imagen. Simplemente dio un click derecho sobre la foto y la abrió en una nueva pestaña para verla y después guardarla en su carpeta de imágenes, pues así podría contemplarla cuando y cuanto quisiera. Su vieja costumbre de acumular fotografías de chicas borrachas fue abandonada. Sólo necesitaba una. Pasaba horas frente a su netbook admirando la foto. Faltaban cuatro meses para su cumpleaños. Pronto tendría veintiocho años.
Nunca fue un fiestero y no sabía cómo reaccionar cuando alguna chica se le insinuaba en algún bar o antro. Era muy torpe e ingenuo. Sólo era capaz de hallar un alivio frugal cuando se masturbaba. A veces pensaba en una chica del trabajo, en alguna muchacha que había visto en el metro, en ocasiones fantaseaba con viejas compañeras de escuela con las cuales nunca pudo pasar de una relación meramente superficial. Desde que había hallado aquella imagen de la chica inconsciente sobre el suelo, no había otra cosa que pudiera excitarlo. Lentamente, sin poder darse cuenta de cuando había cruzado la línea, su gusto por aquella fotografía se había convertido en una obsesión. Durante el trabajo, la comida, el desayuno y la cena, Daniel sólo podía pensar en la imagen. Toda su actividad frente a la computadora se reducía a mirar la imagen y fantasear con la chica desmayada. Siempre la caricia, el susurro y la penetración lenta desde atrás. La mente de Daniel comenzó a trastornarse. Siendo un hombre solitario, un día decidió retomar uno de sus viejos hábitos de adolescencia: beber alcohol sin diluir durante la noche.
Mientras disfrutaba su estado de embriaguez, sus recuerdos comenzaron a danzar frente a sus ojos: Candy, la chica rubia a quien le hubiera gustado acariciar mientras le susurraba al oído; Jenny, la de mirada tierna a quien le hubiera encantado acariciarle los pechos mientras unía su sexo a su trasero. ¿Y si hubiera sido capaz de dejarlas inconscientes, en la misma posición que la chica de la foto? Pronto se enteró por pláticas de sus compañeros de trabajo que había pandilleros noqueando a personas en la calle sólo por diversión. Aquello lo dejó anonadado, sin embargo, durante sus noches de borrachera, sólo podía pensar en lo que podría suceder si acaso consiguiera noquear a una mujer para llevar a cabo su fantasía de la caricia y el susurro. Cerca de dos semanas, Daniel continuaba con su rutina de fantasía y deseo, imaginando a diversas mujeres siendo golpeadas en la nuca y cayendo en el pavimento de una calle oscura en la misma posición de la chica de la foto, disponibles para que el consiguiera lograr la caricia y el susurro que tanto anhelaba.
Finalmente, una noche, decidió planificar el modo de conseguir desmayar a una chica para volver realidad su fantasía. Buscó nuevamente la fotografía en google, pero no pudo encontrarla. Siendo medianamente inteligente, Daniel subió a su perfil de facebook aquella fotografía como post privado que únicamente él podía ver. Abrió la imagen en una pestaña nueva y después dio click derecho y buscar imagen en google para poder hallar la página donde se encontraba. Sólo una página tenía esa fotografía. Al acceder a ella, Daniel esperaba leer una historia sobre mujeres ebrias tiradas en la calle. Sus ojos se abrieron incrédulos y con ansiedad leyó el artículo que acompañaba su adorada fotografía. Jamás hubo una chica ebria. La joven de la imagen había sido asesinada. No contaba con más de catorce años. Alguien la había estrangulado con una cuerda y después la arrojó al suelo sin remordimiento. Aquella chica había sido colocada en aquella posición ex profeso. Su cuerpo fue acomodado con el propósito de ser exhibido como objeto de deseo para aquellos que gozaban de la sensualidad de la muerte. El autor de aquel artículo había subido más fotos de aquel cadaver.
Los ojos carentes de luz miraban perdidamente al vacío con un sentimiento de melancolía que conmovió el alma de Daniel. En realidad, un asesino había subido aquellas fotos para exhibir un trastornado juicio estético sobre el cadáver de la niña. El asesino escribió que las personas ríen, lloran, se carcajean y hacen muecas que deforman sus rostros y denotan emociones efímeras que jamás serán recordadas, por lo que el único sentimiento verdaderamente bello y sexualmente atractivo, era el que sentía una persona al advertir que la extinción de su vida era inminente, momento que yacería eternamente sobre su rostro hasta que la putrefacción se lo arrebatara. Horrorizado, Daniel leyó cada palabra que el asesino escribió en esa página. Nadie había leído aquel artículo. Era el primer lector de aquel escrito macabro. Además de un intento de ensayo filosófico sobre la estética, aquel texto era una crónica muy detallada de un femicidio.
La mirada de la chica muerta dirigida hacia el vacío, acosó a Daniel por meses. Creía mirar el cadaver de la chica en todos lados, y varias veces estuvo a punto de ser atropellado al estar tan alterado. No podía olvidar su rostro abandonado en la desesperanza y la amargura. Y sabía que ninguna palabra de consuelo ni algún intento de justificación lo liberaría del tormento al que estaba condenado eternamente, puesto que, sin haberlo realizado, había visto las consecuencias de una atrocidad que realmente estaba dispuesto a cometer.

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