--Nemo me impune lacessit--
Aquella noche de fiesta había sido suficiente para Sonia, una bella joven de veintidós años que salía de un bar caminando ligeramente tambaleante. Eran aproximadamente las dos de la mañana. En unas cuantas horas debería levantarse de la cama para darse una ducha y después asistir a su curso sabatino de comprensión de lectura, en el cual estaba aprendiendo francés. Era una buena chica. En ocasiones podría parecer un tanto antipática con los demás, pero si se ha de hacer justicia con ella, Sonia únicamente era una joven cuyo mayor crimen era la disciplina. A decir verdad, aunque salía a menudo los viernes por la noche, no bebía más que un par de tragos pues gozaba más platicar con la gente, bailando al ritmo de la música electrónica mientras jugueteaba con su cabello, olvidando las presiones que la escuela y el trabajo de medio tiempo en un call center le originaban.
Era una noche seca de invierno, en el mes de febrero. Sonia caminó hasta su automóvil estacionado en una calle contigua. Había bebido más que de costumbre, pero se sentía sobria. Manejó durante quince minutos hasta que sintió su boca seca, siendo éste su motivo para detenerse en un autoservicio para comprar una botella de agua y un encendedor. Fumar no era un hábito para ella, pero la noche ameritaba encender un taco de cáncer. Era inevitable sentirse una persona intelectual, muy introspectiva y profunda, con el filtro del cigarrillo entre sus labios. Regresó a su coche y cerró la portezuela mientras admiraba las penumbras de la calle solariega, tratando de pensar en cómo continuar con su proyecto de vida cuando las tareas escolares comenzaban a ser cada vez más laboriosas. Estaba en el último semestre de la licenciatura. Sólo tres meses más y podría comenzar a trabajar en su campo. Ya después vería cómo hacer una tesis.
Sus pensamientos quedaron truncados cuando una patrulla se detuvo frente a ella, asustándola lo suficiente como para que dejara caer su cigarrillo en el asiento. De inmediato, un oficial descendió del vehículo y se aproximó a su ventanilla con pasó firme. Tras un par de golpes leves del hombre, Sonia bajó el vidrio consternada. El oficial hizo preguntas referentes a su estado de ebriedad pese a que ella no había dado motivo para que se sospechara de ella. Al instante, creyó que ese policía la había estado siguiendo en espera de una oportunidad para emboscarla. Sonia no se resistió al procedimiento, esperando que de aquel modo el asunto pudiera resolverse con algún soborno. El oficial se rehusó a sus ofrecimientos de dinero. Sonia comenzó a asustarse. Tras varios ruegos, el oficial abandonó su intransigencia y con una sonrisa malévola le preguntó "¿Cónoces dónde está la calle de las maravillas?" Sonia no supo qué responder. Ante su silencio, el uniformado le dijo que con un simple "sí" se libraría de pasar la noche entre ebrios e indigentes. Ella cedió sin imaginar lo que esperaba por ella en los momentos próximos. El oficial la llevó a su patrulla, asegurándole que no la llevaría detenida, pero que debería atravesar cierto trámite antes de irse.
Dentro de la patrulla estaba otro policía, quien la miró de pies a cabeza con lascivia y prepotencia. Sonia trató de regresar a su coche pero el primer oficial atenazó su brazo con su manana. Ella comprendió que estaba a punto de vivir una experiencia muy desagradable. Era una chica muy bella, pero también era muy frágil. Aunque se resistiera con todas sus fuerzas, aquellos dos hombres podrían lastimarla gravemente al someterla. Lo más prudente era acceder a lo que pidieran y esperar que no fueran muy exigentes. La boca de Sonia probó sabores que al instante quiso olvidar. Su cuerpo fue despojado de la ropa que lo cubría. Una vez desnuda, atravesó doce minutos tortuosos en las que pudo ver lacerada su dignidad, siendo tratada sin ningún respeto. Los policías la tocaban como y donde querían, sin límites y con brusquedad. Para ellos, ella disfrutaba el maltrato. Para Sonia, la desesperación crecía cada segundo, deviniendo insoportable.
Satisfechos con ella, los policías la dejaron un momento a solas para que se vistiera nuevamente. Sonia cubría su cuerpo mientras retenía el llanto. Apretaba la mandíbula e intentaba contener un alarido, por lo cual su pecho temblaba de modo convulso. Una vez con las prendas en su lugar, Sonia quedó en silencio sobre el asiento tasero de la patrulla, mirando abajo perdidamente. Uno de los oficiales abrió súbitamente la portezuela y le dijo secamente que se largara a menos de que quisiera repetir. Sonia lo miró con odio. Inesperadamente, ella emitió un grito iracundo que asustó a ambos policías. "¡Cállate!", le ordenó uno de ellos, pero Sonia gritó aun más fuerte. Ante el miedo de que alguien pudiera asomarse, entre ambos la sometieron, pero estaba tan enloquecida que no podían controlarla, así que finalmente, uno de ellos cerró un puño y lo impulsó violentamente contra el ojo de Sonia. El impacto fue tan poderoso que ella quedó noqueada. Entre ambos la bajaron de la patrulla y la dejaron tendida sobre el pavimento frente a su coche para después irse de allí sin mirar atrás.
Durante semanas, Sonia no pudo sacar de su mente lo ocurrido dentro de la patrulla. Cuando cerraba los ojos, cuando dormía, cuando comía, estudiaba y trabajaba, la piel, el olor y las manos de los policías en su cuerpo la perseguían. Además, el golpe en el ojo había sido tan fuerte que lo había dejado totalmente inútil, y con una gigantesca mancha de color marrón donde se suponía que debería estar su pupila y su iris. Todas las personas a su alrededor evitaban mirarla al rostro y quienes se atrevían a hacerlo no podían disimular el asco que les originaba mirar su ojo. Lentamente, el dolor de Sonia se transformó en odio y cada día estaba repleto de un irrefrenable deseo de venganza. Su mente se volvió tan dispersa que comenzó a fallar en el trabajo y terminaron despidiéndola. Abandonó sus estudios en la universidad y dejó el curso de comprensión de lectura. Estaba obsesionada. Necesitaba asesinar a quienes habían destruido su vida.
Totalmente fuera de sí, Sonia tomó un cuchillo de su cocina y se dedicó a merodear las calles aledañas al lugar en que aquellos policías la habían detenido. Finalmente un día volvió a verlos. Llevaban fuera de la patrulla a una chica que lloriqueaba mientras la arrastraban hacia su vehículo. Estaba tan ebria que apenas podía mantenerse en pie. Sonia aprovechó el momento y se introdujo en el asiento trasero del vehículo. Luego de abandonar a su víctima, los policías regresaron a la patrulla y cerraron la portezuela trasera sin mirar lo que había dentro. Sonia esperó allí hasta que el turno de aquellos oficiales concluyó. Ellos estacionaron la patrulla en medio de una calle y comenzaron a ponerse de acuerdo sobre el próximo viernes que cubrirían, resueltos a tomar por sorpresa a una nueva víctima. Se quejaron un poco de sus respectivas esposas y familias, burlándose sin reparos. Arguyendo tener que hacer el papel de buen marido, uno de los oficiales pidió a su compañero que lo llevase a su casa para ver a su obesa mujer sólo para simular el papel de buen marido. El otro policía accedió y en menos de diez minutos llegaron a la casa de éste. El oficial descendió de la patrulla y se metió a su casa dejando la puerta abierta, ya que sólo iba por unos minutos. Su compañero, al ver la quietud de la calle, se acomodó en el asiento y bajó la visera de su sombrero para descansar la mirada. El hombre estaba tan ensimismado que jamás escuchó el leve sonido de la portezuela trasera al abrise, ni los delicados pasos que se aproximaban hacia él, que había dejado la ventanilla baja para acomodar su brazo.
El filo de un cuchillo atravesó violentamente la garganta del oficial, quien había quedado incapacitado para poder gritar. Su sombrero cayó hacia un lado, y entonces pudo ver el rostro enloquecido de una mujer delgada y ojerosa cuyo ojo derecho parecía haber sido desgarrado por dentro. El cuchillo se deslizó desde el interior de su cuello y nuevamente volvió a ser incrustado dentro de su pecho, después dentro de su abdomen y después, cuando ya sólo le quedaba un hilo de vida, la hoja del cuchillo se hundió en su ojo derecho, donde Sonia le dio vueltas frenéticamente. Era un cuchillo grueso y pequeño, pero había sido suficiente para matar.
Mientras tanto, el otro oficial había cruzado unas cuantas palabras con su esposa. Ella apenas le había hecho caso pues estaba más interesada en seguir durmiendo. Si no estaban divorciados, era únicamente porque ello rompería la rutina que los tenía cautivos. El hombre estaba harto de ella, pero se consolaba imaginándose al abusar de otro cuerpo joven y vulnerable en el siguiente viernes, como venía haciendo desde dos años atrás impunemente. Entró en el baño y se dispuso a orinar, cerrando los ojos y dirigiendo su rostro al techo para disfrutar de aquel acto de liberación. Sin darle oportunidad de reacción, la punta de un cuchillo se hundió en su traquea y después dio vueltas dentro de su cuello, provocándole un dolor muy intenso que sólo pudo ser expresado por un gemido ahogado por su propia sangre. El cuchillo se encajó en su abdomen y después en su hígado. Él se desplomó sobre el inodoro, tratando desesperadamente de mejorar una situación que ya lo había destinado a la muerte. Una mano de dedos delgados lo tomó por los cabellos y le hizo girar la mirada para que pudiera ver, en medio de su agonía, a la persona que le había arrebatado la vida. Su atención se centró en el ojo muerto que parecía succionar su energía por medio de la locura y el terror que emanaban de éste. La fuerza abandonaba el cuerpo del policía. Sus últimos momentos de consciencia fueron acompañados del máximo dolor que hubo de sentir en toda su existencia. El cuchillo penetró en su ojo derecho, destrozándolo y cortándolo en una sangrienta escena que fascinó y liberó a la autora de aquel asesinato.
Siempre habrá un cuchillo dispuesto para hacerte pagar los abusos que has cometido. Siempre.

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