lunes, 20 de octubre de 2014

Una verdadera historia de TERROR: El secuestro de Paula

"Oculos habent et non videbunt"


La belleza es como la manzana de la discordia: todos quieren poseerla sin importar el costo. Algunas personas la desean como cualidad propia y ser reconocidas como gente cuyos atributos físicos tienen una armonía entre el orden y la sensualidad. Otras personas anhelan la belleza de los demás. La desean en un modo vampírico. Fagocitador. Quieren devorarla. Mantenerla entre sus manos como un tesoro único que nadie más ha sido capaz de conseguir. ¿De qué es capaz quien se obsesiona con la belleza de otra persona? Algunos miramos de lejos a esa persona especial cuya imagen nos ha fascinado y suspiramos creyéndonos enamorados aunque realmente no conocemos a esa persona. "El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazón", palabras de Shakespeare expresadas mediante el personaje Fray Lorenzo en 'Romeo y Julieta'. Lamento decepcionar a quien crea lo contrario, pero en verdad: el amor no es amor si no es fruto de un proceso recíproco de conocimiento. Conforme conocemos a la persona que nos gusta y nos atrae, es como evoluciona nuestro proceso amoroso. El sufrimiento mutuo, entendido como un proceso de transformación de nuestra personalidad al convivir con otra persona, es amor verdadero y genuino siempre que esté orientado a la mejora y el respeto a la libertad de quienes conforman una pareja. Cuando el sentimiento es demasiado intenso y únicamente ocurre en la mente de una sola de las partes, lo que esta persona siente no es amor. Es obsesión. ¿Qué sucedería si repentinamente alguien nos nota y comienza a exaltar nuestra imagen y personalidad hasta obsesionarse con nosotros? Una sonrisa malintepretada puede detonar fantasías en la mente de una persona que no ha sido tratada con amabilidad previamente. Un rechazo continuo, combinado con el aislamiento, puede llevar a cualquiera a pensar que en el mundo todas las personas son engreídas y egoístas. Comúnmente el origen es una relación conflictiva con o a través de las madres, pues ellas son quienes siempre están en contacto con las hijas e hijos. Si las niñas y niños miran abuso, o además de observarlo padecen tal circunstancia, habrán perdido para siempre la confianza en el mundo si no conviven con otras personas que les ofrezcan un poco de cariño fraternal y humano.

Un muchacho de veinte años había pasado por muchos contratiempos para concluir sus estudios de bachillerato. No recibía dinero de sus padres y su memoria estaba repleta de recuerdos trágicos llenos de soledad y rechazo. Trataba con personas, pero a menudo solían ser gente que se burlaba de él. Fingía integrarse, pero era evidente que era demasiado ingenuo, tímido y cobarde para juntarse con los chicos malos de su vecindario. Una vez con el certificado entre sus manos, se dedicó a buscar un empleo, logrando conseguir uno como capturista nocturno en una empresa del centro de la ciudad. Necesitaba mucho el empleo, así que aceptó todas las condiciones laborales que le impusieron. Entraba a las diez de la noche y salía a las siete de la mañana, pues le daban una hora para comer. Después de un par de meses de trabajar allí, sin hablar con los escasos compañeros de trabajo que tenía, él notó la presencia de una joven recién contratada para el turno matutino. Tenía el cabello teñido de rojo y la piel muy blanca, aunque no por falta de andar bajo los rayos del sol. Jamás se habría atrevido a hablar con ella de no ser porque un día, al sacar sus cosas del locker estas se cayeron al piso alfombrado y ella lo ayudo a recogerlas. La joven le preguntó su nombre y lo trató en un modo tan amable que él no pudo evitar sentir desconfianza. Él nunca habría vuelto a cruzar palabras con ella, mas al día siguiente la chica lo saludó con mucha alegría en el rostro. Los días pasaron y la chica continuaba saludándolo con una sonrisa, un abrazo y un beso. Ella notó que era muy huraño, por tanto se propuso como meta conseguir convertirlo en alguien más social. Así era ella, cuyo nombre era Paula. 

Comenzó a creer que Paula se había enamorado de él. Quizá ella había sido la primera persona capaz de ver algo que nadie más había podido. Ella había notado que era una buena persona, que era alguien que había sufrido y merecía la felicidad. Nadie más se interesaba en lo que le ocurriera a diferencia de ella, quien siempre preguntaba cómo había estado su día. Paula quería conocerlo. Ella era genuina. Nade podía ser tan amable sin motivo. Si bien no era una chica con curvas estereotipadas, su sensualidad no precisaba de ello, pues su modo de vestir y su delicadeza natural la recubrían de un cariz extático que lo obligaba a pensar en ella como si se tratase de un ángel. Conversando con Paula, descubrió que a ella le fascinaba el cine de arte. Una tarde de domingo, él asistió a uno de los pocos cines que presentaban ese tipo de películas, de forma que la próxima vez pudiera hablar de ello con Paula. Sorpresa y decepción cuando la encontró en la misma función acompañada de su novio. Ella trató de acercarse a saludarlo, pero aunque lo vio de frente, él fingió no conocerla y la miró con repulsión. A pesar de todo, él permaneció en la sala para mirar el filme de principio a fin, abandonando el cine de inmediato una vez que inició la secuencia de créditos.

Cuando volvieron a encontrarse en el trabajo, él fingió no saber nada sobre lo ocurrido, arguyendo que probablemente lo había confundido con alguien muy parecido. Paula dudó, pero decidió aceptar su versión, pese a que estaba segura de que lo había visto justo a lado suyo. Ella comenzó a notar que era más extraño de lo que creyó en un principio. Una semana después, Paula comenzó a recibir pequeños mensajes  en su locker, sin saber quién era el remitente. Eran intentos de poesía muy reutilizados que le recordaron sus tiempos de secundaria. Al principio fueron raros pero lindos, no obstante, había algo en aquellos escritos que la inquietaba e incomodaba. Lentamente, aquellos poemas fueron aumentando en intensidad y combinaciones de palabras perturbadoras. "Tú sabes que mi vida no vale nada, pues lo único que la vuelve valiosa es que tú estés en ella, Paula amada. No me conoces, pero yo no puedo dejar de mirarte. Estás en mi mente todo el tiempo. Te observo en silencio desde lo lejos, donde sé que no tendré el deseo de quitarme la vida por ser incapaz de besarte." Aunque trató de sentirse halagada para restar importancia al asunto, Paula no pudo tranquilizarse en todo el día. Inocente como era, no podía sospechar que el autor de tales palabras fuera su amigo tímido del turno de noche. Paula habló con Recursos Humanos para que solicitaran a los empleados en general de abstenerse de meter cosas en los lockers de otras personas, no como una acusación flagrante sino como una política de la empresa que podría generar una sanción terrible para quien fuese descubierto haciéndolo. 

Semanas más tarde, el Departamento de Recursos Humanos recibió la llamada de los padres de Paula. No podían encontrarla por ningún lado y nadie sabía nada de ella desde tres días atrás. Él la había raptado. La siguió a todos lados, lo más que pudo, durmiendo en un viejo baño abandonado de la empresa durante el turno de Paula y saliendo detrás de ella, manteniendo la distancia lo suficiente para que ella no notara su presencia. Un viernes la siguió hasta un hotel, donde se encontró con su novio. Entraron. Estuvieron allí cinco horas. Salieron y fueron a comer algo  en un restaurante cercano. ¿Cómo se había atrevido a hacerle algo así? ¡A él, que tan desesperada y dolorosamente la amaba! Su novio la dejó en la puerta de su casa. Paula entró. Eran cerca de las diez. Breves instantes y el timbre de la puerta sonó. Paula salió, pensando que su novio volvía para decirle algo más. Un encapuchado la embistió y con un golpe en la sien la dejó inconsciente. Cuando despertó, se dio cuenta de que le habían roto las muñecas y que estaba sentada en una silla con las manos amarradas hacia atrás. Frente a ella: él. El extraño a quien había decidido hablarle por piedad y lástima cuando le ayudó a recoger sus trastes de comida. Ella lo miró con ojos trémulos y pidió clemencia. El dolor de sus muñecas era insoportable. Ignorando sus súplicas, él la interrogó como si fuese una criminal del peor y más bajo nivel. Con la voz quebrada, Paula imploró y suplicó por su liberación. Sus palabras eran aceleradas, emitidas casi en un chillido lastimero de dolor. "Silencio", le dijo él. Paula suprimió sus deseos de gritar y lo miró fijamente, sintiéndose traicionada y muy dolida. No hubo piedad. Él la golpeó y continuó interrogándola. Tras darse cuenta de que estaba en presencia de un psicópata, ella decidió ser sincera con él. Confesó que nunca vio en él a algo más que un amigo, y que los poemas que le había hecho llegar la asustaron más que lo que le agradaron.

La ira explotó en una turbulencia de odio y dolor en los ojos de él. Dolorosamente la tiró de la silla y la arrastró de la cabellera hasta un apestoso y manchado colchón. Al cuarto día de su desaparición, finalmente la policía encontró el lugar en donde él vivía que era el mismo donde se hallaba Paula. Él estaba muerto. Se había suicidado arrojándose a las vías del metro. Supieron la ubicación de Paula por la nota suicida que conservó firmemente estrujada entre los dedos de su mano derecha. Muchas heridas supuraban en el cuerpo de paula, mas ninguna estaba en peor condición que la enorme laceración que tenía en el alma. Entre vómito, sangre y otros fluidos corporales, la chica conservaba la mirada perdida y dirigida hacia algunas de las piezas dentales esparcidas sobre el colchón que antes lucieran en su sonrisa despreocupada y alegre. Su vida había cambiado para siempre.

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