sábado, 17 de enero de 2015

La Redención de Angello

Tristemente fui bautizado con el nombre Angello. Todos me llamaban Angie. Angie Lloyd. Yo aborrecía a la gente. Me era difícil soportar las muecas de otros, sus risas simplonas... El mundo está plagado de gente hipócrita. "Ahora te sonrío, te das la vuelta y le comento a alguien más que eres un idiota. Cuando hablo de nuevo contigo, te digo que con quien hablé anteriormente, es un idiota".

Así pues, el pequeño Angie Lloyd, que tenía quince años en aquel entonces, y que ahora escribe esto con la intención más pura e inocente que quien se entere de esto pueda imaginar, descubrió que la chica que le gustaba y que pretendía tratarlo como un gran amigo, en realidad se encontraba difundiendo rumores sobre él. Yo no podía permitir eso. Lo primero que hice fue descubir quién era el chico que le gustaba, lo seguí por varios días lo más que me fue posible sin descuidar mis clases y al observarlo comprendí que era uno de esos tipos que jamás leía nada, que nunca se informaba sobre política y que pensaba que su novia era una idiota fácil de manipular. Frente a ella actuaba dócilmente y decía a los cuatro vientos que la amaba como un loco. Sé que quienes se enteren de esto comprenderán a plenitud que lo haya apuñalado en la garganta cuando se recargó en un árbol.

Semanas más tarde me enteré de que la chica que me gustaba se había conseguido un nuevo novio, y que pese a la pérdida reciente, continuaba burlándose de todo mundo. Nadie puede culparme por haberla seguido a su casa, acecharla hasta que fue oportuno y embestirla cuando estaba a punto de entrar a su casa. No le di oportunidad de hacer mucho. Simplemente le pateé la cabeza y luego la apuñalé en el cuello para que jamás volviera a hablar nada de nadie.

La madre de esa chica lloró mucho la pérdida de su única hija, lo cual me hizo sentir responsable. Comencé a frecuentar a la señora para aligerarle el dolor, le ayudaba a ir de compras y a veces a abrir frascos de pepinillos. Ella siempre me guiñaba el ojo.
Siempre me daba una linda sonrisa maternal. Eventualmente me enteré de que aquella mujer era como su hija: una hipócrita que se burlaba de todos a sus espaldas. Sé que quien se entere de esto comprenderá perfectamente que la haya convencido de embriagarse hasta el desmayo. La desnudé, abusé brevemente de su cuerpo inerte, y después la asfixié con una almohada. Sólo para darle una lección post mortem, le corté los labios y le quité el ojo que siempre me guiñaba. Todo con mi útil navaja de bolsillo.


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