viernes, 25 de mayo de 2012

Las diferencias entre sexos como catalizador para la inferioridad de la mujer en el inconsciente social.

Las mujeres se han visto castigadas a lo largo de la historia debido a la ignorancia y prepotencia del género masculino. Desde la mitología hasta la familia comúnmente patriarcal las mujeres se ven bombardeadas por una aflicción inmanente de su situación. Las mujeres han sido consideradas como algo obsceno desde que se instauró un dominio tecnológico puramente mecánico, ya que en mayoría las mujeres tienden a ser relativamente débiles en cuanto a lo motriz.

Los hombres, incluso los de baja estatura, tienden en mayoría a ser más altos que las mujeres y por ende las labores 'físicas' se les daban más fácilmente en la realización. Las mujeres fueron relegadas asumiendo que lo más lógico y práctico era administrar las  tareas de acuerdo a la optimización de tiempo y recursos. No es sorpresa que se desarrollaran más las actividades interpersonales en ellas que en otros, al fin todo queda en los genes.

Desde esto se podría entender el por qué se fue consolidando el hecho de que los hombres salieran y las mujeres se quedaran en el refugio. Era una cuestión de necesidad comunitaria. Al pasar el tiempo esto se incorporó al inconsciente social, es decir que la gente se acostumbró a esto como suele suceder con la mayoría  de las costumbres. Hasta aquí se ve la importancia de la diferencia asociada a capacidades. Ahora hay que ver que sucede con otro tipo de diferencias inseparables de cada sexo.

Las mujeres y los hombres son anatómicamente diferentes debido a las funciones biológicas respectivas y sólo en caso de que exista una falla en la información contenida en el ADN habrá alteraciones que impedirán dichas características fenotípicas. Los hombres en mayoría pueden verse con espaldas más anchas que la cadera, hombros fornidos y quijadas anchas. Las mujeres tienen una cadera ancha, tobillos más fuertes y pechos que cuelgan libres de un tamaño considerable.

Sin duda aquello que cuelga libre como lo son el cabello, el pene con testículos y los pechos deben ser controlados para poder realizar las labores más comunes. El humano primitivo se encargó de cortarse o amarrarse el cabello y usar sostenedores para los testículos y los pechos. Cualquiera puede juzgar por sí mismo, pero apostaría lo que fuera a que a pesar de que es preferible tener a la pareja desnuda, es más atractivo a la vista un par de pechos erguidos con ayuda de un sostén o un pene y nos testículos compactados en una truza que los hace lucir como un gigantesco paquete. Ya sea que en casos reducidos sea al revés, hay que recordar que lo que más impacta socialmente es aquello que prefiere la mayoría.

Con la contribución en primer lugar de la celotipia una vez que el lenguaje fue dando forma a las relaciones monogámicas y posteriormente de la religión, las formas tuvieron que ser ocultadas para convertirse en una de las mayores hipocresías existentes en las interacciones sociales: la oclusión del cuerpo propio al otro sexo.

En un primer momento fue para conservar para sí mismo lo glorioso de la pareja [que el otro no sepa que tienes un deseable par de pechos o un pene grande], ocultando a los demás el 'tesoro' que se tiene. Después ocultar el cuerpo de uno mismo por vergüenza ante las carencias expuestas. Más tarde por ser considerado como algo impuro.

Es un absurdo en sí mismo, pero todo esto a su vez tuvo un impacto en lo inconsciente social que de cierto modo provocó una involución mental en ciertos ámbitos en pro de evolución mental en otros. Y es aquí donde comienza la obsesión por el otro; la mórbida curiosidad por aquel o aquella que es diferente.

Y esto se reflejó durante varios siglos en la gente común. Un corpiño oprime los senos y los oculta; un pene queda cubierto con pantalones holgados. Pero una espalda fornida y una cadera ancha eran más difíciles de disimular. Y así se fortaleció más en el inconsciente social la imagen de hombre y de mujer deseables. Por supuesto en combinación con los sostenes que levantan los pechos y los pantalones ajustados terminaron por perfeccionar el ideal perfecto para cada sexo en cuanto a cualidades físicas.

Hombres atléticos, altos y con penes largos y anchos. Mujeres delgadas con pechos grandes, cinturas breves y caderas anchas. Por supuesto que no debe asumirse que estoy universalizando gustos, pero el lector o la lectora ha de admitir que es verdad que a pesar de no ''sentir'' preferencia del todo, es inevitable ver a quien posee tales características fenotípicas.

Cuando las diferencias quedan ocultas debajo de la ropa es inevitable cuestionar por qué se ocultan. Lo prohibido siempre a quienes se les esconde les ronda por la cabeza y desean descubrir el por qué. Y es entonces que ante lo desconocido y a la vez deseado, las personas quedan endebles y en fácil estado de manipulación. En el siglo veinte fue fácil explotó la idea de comercializar imágenes con la finalidad de promover el consumo conforme fueron avanzando los medios de comunicación desde los espectaculares hasta los actuales anuncios por internet. En un tiempo más adelante abordaré dicha temática.

Otra gran diferencia es la relacionada con el acto sexual del coito. Por motivos anatómicos es evidente que los hombres buscarán meter su pene; las mujeres no buscan recibir algo pese a que se crea que si uno quiere dar otro quiere recibir. En este sentido las mujeres tienen otro punto de enfoque.

El hombre siente placer al penetrar y sentir su pene siendo apretado entre la carne caliente y más aún si este se dobla ligeramente o bastante durante el acto. La mujer requiere de ciertas condiciones para disfrutar del acto. Requiere de una excitación previa más extensa temporalmente hablando para que su útero alcance las dimensiones y la lubricación necesaria para poder recibir dentro de sí un pene.

El hecho de tener que ser ellas quienes 'reciben' las deja en un papel de sumisión. El acto sexual tiene un principio meramente colonialista. El objetivo es lograr introducirse...meterla. La mujer no acepta tan fácil recibir debido a la delgada línea que para ella existe entre el dolor y el placer.

Es prácticamente un axioma decir que todo hombre quiere meter su pene para obtener placer sexual o al menos que se los toquen o succionen. Las mujeres no necesitan de que las penetren para obtener placer, son más complejas. Las lesbianas lo saben. Y hasta cierto punto es divertido verlo así.

Un hombre al relacionarse con su pareja ve el horizonte de su placer en la forma en que ella pueda manipular, chupar o disfrutar del largo de su pene con el movimiento de su cadera; pero también esto implica ver en qué lugares podrá meter el miembro. Todo su placer gira en torno al falo.

Las mujeres buscan un vínculo afectivo y un disfrute, de parte del otro, de todo su cuerpo. Ellas, en mayoría, necesitan que el cuerpo que con tanto esmero cuidan sea disfrutado por el otro como tal. Y ésa es la más grande de la diferencias entre hombres y mujeres: los machos humanos dependen del falo; las mujeres de todo su cuerpo y de su complejo aparato genital.

Y aunque los hombres cuidan su cuerpo, no lo hacen en sí para agradar a su pareja como ofrecimiento de algo que el otro puede disfrutar y valorar, sino como un facilitador para que la pareja le permita hacer ciertas cosas y él mismo exaltar su ego.

Las mujeres son de una mente más paradójica en apariencia. Ellas buscan un modo de establecer que sus sacrificios son valorados, que su cuerpo vale algo, que su personalidad también y que además de todo, su pareja se preocupa por brindarle placer y la considera parte importante de su vida. Pero para la mujer este último aspecto va deslindado y a la vez está conectado con la relación de pareja en lo que no es placer sexual. El coito para las mujeres es un momento en el que no sólo busca comprobar lo que vale para el otro, sino lo que el otro vale para ella.

Un hombre que fornica a una mujer, es feliz y se siente satisfecho sexualmente. Una mujer que fornica con un hombre no siempre se siente satisfecha sexualmente pero puede llegar a sentirse feliz. La mujer valora más que el otro la valore que el placer sexual en sí mismo. Es por ello que ellas llegan a fingir los orgasmos, sin significar que no hayan tenido placer del todo.

Saber que ellas son para el otro un objeto deseable las hace sentir como algo más que sólo una persona agradable. Por eso un hombre seguro es más buscado que uno "tierno". No es una universalización, sólo se habla de pautas preferenciales que son observables y cuantificables.

Todas estas diferencias implican un carácter sumiso que se fue adentrando dentro del inconsciente social que sólo comenzó a combatirse hasta que suficientes grupos reprimidos e inhibidos por los hegemónicos se unieron para luchar juntos con la ayuda de las circunstancias históricas.

2 comentarios:

  1. "Tienes la boca llena de razón".
    Me agrada leer a quienes se atreven abordar temas tabú. Gracias por compartir!

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